fragmento de la obra Che Guevara de Hans Hoffmann. Copyright: Hans Hoffmann ©

Clamor por 5 mujeres y una sopa de maní

Cinco mujeres bolivianas estuvieron con el Che en los días de su desgracia, hace 50 años. Sin ser guerrilleras ni comunistas le dieron  atención y cuidados solidarios, a la par que la CIA, el gobierno de Barrientos  y el ejército le infligían golpizas e insultos en su cautiverio  de La Higuera hasta matarlo arteramente.

Hace muchos años recopilé la historia de aquellas cambacollas, como se autoproclaman las vallegrandinas, con los escritos de los cubanos Cupull y Rodríguez, y con testimonios dispersos de testigos del terrible episodio. Difundo estas versiones donde me dejan hablar en honor de Che y digo que una ama de casa le dio a comer una sopa de maní tres horas antes de que lo asesinaran, que dos profesoras de escuela dialogaron con él y montaron guardia  en el aula jaula de La Higuera y que, ya muerto el guerrillero, una lavandera le limpió el polvo del pecho y los pies, y, en fin, que una enfermera le acicaló pelos y barba hasta darle ese aire de Cristo yacente que tiene el Comandante  en la lavandería del hospital Señor de Malta de Vallegrande.

En octubre del año pasado viajé a Vallegrande y La Higuera para sugerir a autoridades y vecinos de esos pueblos apropiarse de una vez de las historias de Ninfa Arteaga, Julia Cortez, Élida Hidalgo, Graciela Rodríguez y Susana Osinaga y  ostentarlas como ejemplos  de la vocación humanitaria de las bolivianas. De mi ronco pecho les pedí que proclamen la sopa de maní como el último alimento que probó el Che y que inviten o vendan ese plato a los miles de visitantes que año con año llegan a esa histórica región.  (más…)

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Rius y Bolivia

En febrero de 1972, el gran caricaturista Rius, fallecido en México hace unos días, dedicó una edición de su revista semanal Los Agachados a Bolivia con motivo del golpe fascista del general Hugo Banzer contra el gobierno de Juan José Torres, en agosto del año anterior.

Esa publicación fue trabajada, a sugerencia del propio Eduardo del Río, por el caricaturista Clovis Díaz y con mis textos, ambos dos exiliados en México. El dibujante era en Bolivia un monero de diarios y revistas y yo cargaba famita de humorista por mis escritos periodísticos y por un programa radiofónico de sátira política, Olla de Grillos (1965-71).

En los días finales de enero de ese año 72, Clovis y yo entregamos a Rius en Cuernavaca, donde él residía, una carpeta con 20 páginas tamaño media cartulina y cada una con 10 o 12 cuadritos descriptivos de la siniestra asonada contra el pueblo boliviano. Banzer había asestado, por orden del imperialismo, el primero de una cadena de golpes fascistas diseñados por la Doctrina de la Seguridad Nacional, que en 1973 abatió sangrientamente al gobierno socialista de Allende en Chile y luego a los regímenes revolucionarios de Argentina y Uruguay.

Aquella publicación de Los Agachados,  “hecha al alimón por Coco Manto y Clovis Díaz”, como se escribió en la lista de créditos, exhibía un titular a todo lo ancho de la portada y un gráfico impactante: un monigote militar cabalgando (¡arre, arre!) sobre  los hombros del principal monolito de Tiawanacu. El genial Rius le puso un toque de dramatismo a ese cuadro al dibujar dos lagrimones chorreando por la cara del inmemorial monumento pétreo. (más…)

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Relato de un orgullo en hip hop

Nació de difícil parto, pero en amor concebida. No fue bien vista al nacer porque el agrio vecindario pretendía hacerse dueño de sus innatas  riquezas. Para que ella sea posible por encima de la envidia, unas diez generaciones rindieron su vida y sueños en duelos de sangre y fuego.

Nació con sol y con nieve, mar a sus pies y montañas, selva infinita, altiplano, un valle azul de verdoso y un lago cerca del cielo.

Del pututu de los vientos y los sonidos del Ande se valió el sabio destino para darle bienvenida con la floresta de un huayño. La música se hizo tierra.  A ella llegaron los indios, que eran su gran mayoría, y desbordaron su angustia y sus lágrimas de hombres tratados como las piedras.

Tres largos siglos estuvo tragando niebla y silencio, hasta que un hirviente mar de ansiedades la hizo cierta. Estremecida brotó para los riesgosos cauces de la libertad y la honra, con ayeres y mañanas, es decir plena de historia y repleta de futuro.

No hubo otro modo de hacerla sino con amor y furia, a tajo de espada y duelo con un dejo de ternura libertadora y solvencia de sus claros guerrilleros. Hubo que hacerla a urgencias  de la energía y el grito de quienes la imaginaron cierta de verdad y libre.

Un sábado 6 de agosto con campanas fue la fiesta y Bolívar en su orgullo la llamó hija predilecta.  Con la sangre de sus glorias, el oro de sus solares y el verde de la llanura  hizo su bella bandera al amparo de la otra, inmemorial, la whipala. Y  creció de fecha en fecha entre aciertos y avalanchas, polvareda de tumultos  y heroísmos de alborada. (más…)

chavenezuyela

Homenajes o menajes*

Los homenajes:

Décima viendo a la isla: “Que si Cuba no existiera, tendríamos que inventarla, para de por vida amarla; de seguro ella nos diera la Revolución que se espera. Este día celebremos el 26 que queremos como toma en resistencia del Moncada y su conciencia: Patria o muerte, venceremos”.

 

“Soneto en arte menor para Gian-Carla Tisera, soprano de voz señera en la ópera mayor  de París o Nueva York. Y, de pronto, quién la oyera, cantar Señora Chichera, un tincu en jazz de color. Artista de gran cultura, tono en tiple, tesitura que se arraiga en la bandera de la canción boliviana. Creativa, bella, ufana… Gracias, señora Tisera”.

Qué ganas de entonar, en Agosto: “De la patria el alto nombre/ en Los Andes y el mar consagremos/ y en los llanos y el valle juremos/morir antes que esclavos vivir”.

Décima de scherzo andino. “Nieve, escarcha y hielo duro sellan el invierno andino, bajo un cielo de azul fino en el Occidente puro, Potosí,  La Paz, Oruro. Cuando el frío se empecina y amanece con neblina, aunque suene a desvarío, para evitarse un resfrío, ¡el sol sale con chalina!” (más…)

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La gracia de decir gracias

Doy gracias a mis pies, dice el lugar común, porque me apoyan; agradezco a mis brazos que están siempre a mi lado y gracias a mis dedos porque sé que puedo contar con ellos. La gratitud es pariente del amor en primer grado. El amor puede tardar en hacerse ver, pero el agradecimiento es inmediato. La solidaridad se da sin que necesariamente haya amor,  es la espontaneidad de ofrecer sin esperar que nos agradezcan.

¿A qué viene esta retahíla? A que voy a escribir este artículo a pedido de una persona que conozco bien y que me encarga decir gracias a quienes, según él, le salvaron la vida en una circunstancia extrema, de las muchas que afrontó en su vida.. Se trata, pues, de alguien que quiere limpiar el moho del olvido y la ingratitud largamente asentadas en su memoria.

Me pide que diga que el sábado 21 de agosto de 1971, el gobierno revolucionario que él apoyaba fue derribado por un golpe fascista gestado esa mañana en Santa Cruz de la Sierra y que, por la noche, los vencedores salieron eufóricos a las calles de La Paz disparando tiros al aire y gritando consignas para  empezar sus venganzas y ajustes de cuentas. Aquel hombre, que había azuzado con su palabra radiofónica a la resistencia popular para impedir el ascenso de la derecha, llegó a su casa a eso de las 9 de la noche. mordido por la derrota,  y fue recibido con llantos y angustia por las mujeres de su vida: esposa, dos hijas de 7 y 4 años, su madre, de visita desde un día antes, y una joven aimara que les ayudaba en el hogar.

Tenemos que huir ahorita porque vendrán por mí, les dijo agitado. ¿Dónde, pues?, musitó su madre.  Cierto. No había para dónde ir, mientras la niebla del miedo empezaba su labor de zapa en los pliegues de la sobrevivencia. Sus amigos ya estaban también contra la pared  de la amenaza; sin partido político y sin  gente en quienes confiar en tan crítica circunstancia, el hombre comenzó a tragar la ácida saliva  de asumirse fugitivo…

Serena en las desesperanzas, Martha, su esposa, llamó por teléfono a Hortensia Cosío y le pidió refugio para todos. La amiga aceptó de inmediato sin hacer más preguntas y a esa casa salieron caminando sigilosamente el hombre y su familia. Era casi la media noche cuando los recibió, apurado y nervioso,  Don Julio Loayza, el marido de Hortensia, ambos profesores de secundaria y ninguno de ellos simpatizante del gobierno derrocado.

Oculto en los mínimos espacios de aquel domicilio, el compañero supo que la febril indagatoria sobre su paradero cerraba sus pinzas y para evitar mayores riesgos contra la vida familiar, seguridad y trabajo de sus anfitriones docentes decidió salir de allí. De nuevo en lo suyo, Martha tomó contacto con una amiga orureña, Elvira, esposa de Arturo Gandarillas, periodista del diario Hoy de La Paz. Entre ellos idearon un plan para que el perseguido entrara a la embajada del Perú, aledaña al periódico, y pidiera el asilo. Pero la policía y los falangistas de la temible Célula L estaban apostados durante el día en las puertas de las sedes diplomáticas para impedir el paso de  los que tenían marcados, aparte de que eran pocos los países que accedían a dar refugio.

El entrampado plan  se cumplió empero a detalle. Había que hacerlo de noche. Media hora antes de que inicie el toque de queda, una vagoneta gris llegó a un sitio de la avenida 6 de agosto cercano al diario, donde estaba esperando Gandarillas.  Del brazo del periodista, el hombre caminaba hasta el periódico cuando fortuitamente se apagó el alumbrado eléctrico en la zona, lo que facilitó la concreción del plan. Ayudado por Gandarillas y otro periodista, Miguel Velarde (ambos ajenos por entero a la izquierda) el perseguido trepó la pared colindante, saltó al otro lado y pidió el auxilio de la embajada peruana.

Más nombres para honrar la gratitud mascullada por casi medio siglo. Quienes llegaron con la vagoneta hasta la casa de la clandestinidad en el norte de la ciudad fueron Dora Alarcón, Facundo Zubieta y Esther Coila, familiares del fugitivo. Después trascendió que aquel inesperado corte del alumbrado público fue ejecutado por el  universitario Roger Cortez, enterado previamente del plan por Martha.

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Daniel Viglietti, uno en todos

Fiel a la historia de su tiempo, reconcentrado en su canto y pulsando la guitarra al  inolvidable  modo de Falú o don Atahuallpa, el legendario Daniel Viglietti espera que el público acabe de aplaudirle y cuenta que su canción “Dale tu mano al indio”, compuesta en 1973, tuvo tantos agregados como intérpretes hubo en el  Cono Sur. Los cantores de la resistencia  revolucionaria  en el siglo pasado, dice, cambiaban el verso aquel de “la  guitarra americana peleando aprendiendo a cantar” por lo que ellos creían propicio para que sus pueblos tomen la canción como suya”.

Hace una pausa y aclara: “No lo digo como queja, al contrario”. Cuenta que un cambio que le gustó fue el  de Benjo Cruz que le puso que “el charango boliviano peleando…” Pero hace esta precisión: “Los que en su canto omiten nombrar al autor incurren en plagio y eso sí me violenta, me encorajina”. Al cantautor argentino  Víctor Heredia se le atribuye un aforismo decidor:Todo plagio me da Coraje.

Frente a su masivo público comenta Viglietti que Benjo Cruz era un juglar  boliviano que “un día cambió su guitarra por un fusil y se marchó al monte con otros guerrilleros para hacer algo más que darle la mano al indio”. Rasguea  su instrumento y declara con voz firme que el presidente Evo “me da plena confianza por su gestión en defensa de la gente más jodida de su patria”. 

Canta-cuenta que compuso  la canción “Cruz de Luz”  en La Habana en homenaje al cura guerrillero Camilo Torres y  nuestra memoria histórica retorna hasta el domingo 22 de agosto de 1971 en que una multitud de paceños indóciles cargó al cementerio el féretro del oblato Mauricio Lefebvre, asesinado en La Paz un día antes por los fascistas de Banzer, cantando a voz en cuello una parodia de aquel épico canto: “donde cayó Mauricio se alzó una cruz, pero no de tristeza sino de luz.”

Porque los pueblos necesitan mantener de pie su identidad es que esperan que sus cantores y poetas documenten victorias, derrotas y desvelos en coplas para que las entonen los otros pueblos que vienen y recuerden, y sigan la lucha. De eso se trata la memoria histórica, para eso sirve. Yo le hablo de la vigorosa permanencia de su canciones en nosotros. Daniel Viglietti alza su copa de vino  hasta lo más alto del afecto y me pregunta por Matilde Cazasola, a quien dice “querer y admirar mucho” y menciona a Ernesto Cavour, a los Junaro y a Domínguez  “porque también sé mucho de la Peña Nayra y de los Los Jairas”.

Abre tamaño ojos cuando le comento que Matilde tenía por compañero sentimental,  en los años 60,  a un artista uruguayo. Yo los conocí en La Paz, le digo. En otro rato, su esposa María de Lourdes, que es mexicana, nota que mis ojos se vidrian cuando  Daniel canturrea  una antiquísima plegaria aimara boliviana con quenas: “Sal, lucero del alba, de ojos hermosos, y mira  que el que te quiere en la puerta de tu casa está llorando…”

Al día siguiente, el reciente sábado 10 de junio, ante unas dos mil personas congregadas en una explanada de la Ciudad de México, Viglietti ofrece un recital de dos horas donde defiende a Venezuela  “demonizada”, dice,  por los que quieren destruir la revolución bolivariana “como hicieron con Allende”. Habla con sorna de los intelectuales “de izquierda” que firman documentos contra el presidente Maduro y defiende  airadamente a Cuba, nombra a Fidel y el Che, a Lula, Correa y Evo, recuerda a Miguel D’Escoto, cura sandinista fallecido hace  poco.  Este trovador antiimperialista de tanta historia en nuestros pueblos es de los que nunca vendieron su canto que  corean todas las muchedumbres desde hace más de 50 años.

Por la noche Viglietti se junta con más gente que lo quiere y le sigue “desde que empezaste, compañero, el año 65”. El uruguayo, hoy  de 77 años,  revela  entonces que en su juventud aprendió “algo boliviano que nunca se me olvidó” y entona:“Quicharirillahuay, vidita, mana suachu cani, wawayquic munasqan tolquetayqui cani…” Emocionado y a punto de llanto me uno a su voz y completo la estrofa en quéchua de aquel huayño de los años 50: “Pisqosca pajaruska, pata patamanta chulluj kasqa zapallusta…”

Las horas a su lado se minutean en retazos memoriosos y ponen a funcionar relojes marcadores de  vivencias de uno en la clandestinidad, en la cárcel, en el destierro y en las luchas callejeras. La vida a su lado se desempolva al conjuro de los cantos viglietanos y reafirma sus convicciones para hacer valer su presente y dar cara al futuro que aún queda… porque si uno no es sus amigos, ¿qué carajos es?.

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A la Ll, donde se halle*

La Real Academia Española insiste en desterrar del alfabeto a las letras Ch y Ll por considerarlas ilegales, vulgares dígrafos, dos signos ortográficos ayuntados en concubinato y que siendo del mismo sexo grafémico dan a hablar cosas feas.
Aparte de eso, la RAE se despachó con la cuchara grande al ordenar que la “z” se escriba “ceta” y se llame “uve” a la “v” (la v chica) y que a Iraq se le clave una k final (Irak), que Qatar se escriba “catar”, como el verbo ese para tantear el espíritu del vino.

No me preocupa la suerte de la Ch en el diccionario, porque mientras tenga el respaldo armado del Che la gente seguirá diciendo Che a la Ch, aunque la escriban sin e. Tampoco lamentaré la situación de otros indefensos fonemas a los que se les despojará de su tilde, que no por eso llamaremos Ma a Matilde.

Lo que deseo es abogar llanamente por la vigencia de la Ll en el alfabeto, toda vez que ella no es ninguna imilla arrimada. Los bolivianos somos los que mejor pronunciamos la elle, comparados con los peruanos, por ejemplo, que dicen siya a la silla y gayeta a la galleta o los argentinos que pronuncian una sofisticada cashiada cuando quieren decir callada y beshiesa por belleza. Senshishitos y shamativos que son.

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