junio 2017

gratitud

La gracia de decir gracias

Doy gracias a mis pies, dice el lugar común, porque me apoyan; agradezco a mis brazos que están siempre a mi lado y gracias a mis dedos porque sé que puedo contar con ellos. La gratitud es pariente del amor en primer grado. El amor puede tardar en hacerse ver, pero el agradecimiento es inmediato. La solidaridad se da sin que necesariamente haya amor,  es la espontaneidad de ofrecer sin esperar que nos agradezcan.

¿A qué viene esta retahíla? A que voy a escribir este artículo a pedido de una persona que conozco bien y que me encarga decir gracias a quienes, según él, le salvaron la vida en una circunstancia extrema, de las muchas que afrontó en su vida.. Se trata, pues, de alguien que quiere limpiar el moho del olvido y la ingratitud largamente asentadas en su memoria.

Me pide que diga que el sábado 21 de agosto de 1971, el gobierno revolucionario que él apoyaba fue derribado por un golpe fascista gestado esa mañana en Santa Cruz de la Sierra y que, por la noche, los vencedores salieron eufóricos a las calles de La Paz disparando tiros al aire y gritando consignas para  empezar sus venganzas y ajustes de cuentas. Aquel hombre, que había azuzado con su palabra radiofónica a la resistencia popular para impedir el ascenso de la derecha, llegó a su casa a eso de las 9 de la noche. mordido por la derrota,  y fue recibido con llantos y angustia por las mujeres de su vida: esposa, dos hijas de 7 y 4 años, su madre, de visita desde un día antes, y una joven aimara que les ayudaba en el hogar.

Tenemos que huir ahorita porque vendrán por mí, les dijo agitado. ¿Dónde, pues?, musitó su madre.  Cierto. No había para dónde ir, mientras la niebla del miedo empezaba su labor de zapa en los pliegues de la sobrevivencia. Sus amigos ya estaban también contra la pared  de la amenaza; sin partido político y sin  gente en quienes confiar en tan crítica circunstancia, el hombre comenzó a tragar la ácida saliva  de asumirse fugitivo…

Serena en las desesperanzas, Martha, su esposa, llamó por teléfono a Hortensia Cosío y le pidió refugio para todos. La amiga aceptó de inmediato sin hacer más preguntas y a esa casa salieron caminando sigilosamente el hombre y su familia. Era casi la media noche cuando los recibió, apurado y nervioso,  Don Julio Loayza, el marido de Hortensia, ambos profesores de secundaria y ninguno de ellos simpatizante del gobierno derrocado.

Oculto en los mínimos espacios de aquel domicilio, el compañero supo que la febril indagatoria sobre su paradero cerraba sus pinzas y para evitar mayores riesgos contra la vida familiar, seguridad y trabajo de sus anfitriones docentes decidió salir de allí. De nuevo en lo suyo, Martha tomó contacto con una amiga orureña, Elvira, esposa de Arturo Gandarillas, periodista del diario Hoy de La Paz. Entre ellos idearon un plan para que el perseguido entrara a la embajada del Perú, aledaña al periódico, y pidiera el asilo. Pero la policía y los falangistas de la temible Célula L estaban apostados durante el día en las puertas de las sedes diplomáticas para impedir el paso de  los que tenían marcados, aparte de que eran pocos los países que accedían a dar refugio.

El entrampado plan  se cumplió empero a detalle. Había que hacerlo de noche. Media hora antes de que inicie el toque de queda, una vagoneta gris llegó a un sitio de la avenida 6 de agosto cercano al diario, donde estaba esperando Gandarillas.  Del brazo del periodista, el hombre caminaba hasta el periódico cuando fortuitamente se apagó el alumbrado eléctrico en la zona, lo que facilitó la concreción del plan. Ayudado por Gandarillas y otro periodista, Miguel Velarde (ambos ajenos por entero a la izquierda) el perseguido trepó la pared colindante, saltó al otro lado y pidió el auxilio de la embajada peruana.

Más nombres para honrar la gratitud mascullada por casi medio siglo. Quienes llegaron con la vagoneta hasta la casa de la clandestinidad en el norte de la ciudad fueron Dora Alarcón, Facundo Zubieta y Esther Coila, familiares del fugitivo. Después trascendió que aquel inesperado corte del alumbrado público fue ejecutado por el  universitario Roger Cortez, enterado previamente del plan por Martha.

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daniel vi

Daniel Viglietti, uno en todos

Fiel a la historia de su tiempo, reconcentrado en su canto y pulsando la guitarra al  inolvidable  modo de Falú o don Atahuallpa, el legendario Daniel Viglietti espera que el público acabe de aplaudirle y cuenta que su canción “Dale tu mano al indio”, compuesta en 1973, tuvo tantos agregados como intérpretes hubo en el  Cono Sur. Los cantores de la resistencia  revolucionaria  en el siglo pasado, dice, cambiaban el verso aquel de “la  guitarra americana peleando aprendiendo a cantar” por lo que ellos creían propicio para que sus pueblos tomen la canción como suya”.

Hace una pausa y aclara: “No lo digo como queja, al contrario”. Cuenta que un cambio que le gustó fue el  de Benjo Cruz que le puso que “el charango boliviano peleando…” Pero hace esta precisión: “Los que en su canto omiten nombrar al autor incurren en plagio y eso sí me violenta, me encorajina”. Al cantautor argentino  Víctor Heredia se le atribuye un aforismo decidor:Todo plagio me da Coraje.

Frente a su masivo público comenta Viglietti que Benjo Cruz era un juglar  boliviano que “un día cambió su guitarra por un fusil y se marchó al monte con otros guerrilleros para hacer algo más que darle la mano al indio”. Rasguea  su instrumento y declara con voz firme que el presidente Evo “me da plena confianza por su gestión en defensa de la gente más jodida de su patria”. 

Canta-cuenta que compuso  la canción “Cruz de Luz”  en La Habana en homenaje al cura guerrillero Camilo Torres y  nuestra memoria histórica retorna hasta el domingo 22 de agosto de 1971 en que una multitud de paceños indóciles cargó al cementerio el féretro del oblato Mauricio Lefebvre, asesinado en La Paz un día antes por los fascistas de Banzer, cantando a voz en cuello una parodia de aquel épico canto: “donde cayó Mauricio se alzó una cruz, pero no de tristeza sino de luz.”

Porque los pueblos necesitan mantener de pie su identidad es que esperan que sus cantores y poetas documenten victorias, derrotas y desvelos en coplas para que las entonen los otros pueblos que vienen y recuerden, y sigan la lucha. De eso se trata la memoria histórica, para eso sirve. Yo le hablo de la vigorosa permanencia de su canciones en nosotros. Daniel Viglietti alza su copa de vino  hasta lo más alto del afecto y me pregunta por Matilde Cazasola, a quien dice “querer y admirar mucho” y menciona a Ernesto Cavour, a los Junaro y a Domínguez  “porque también sé mucho de la Peña Nayra y de los Los Jairas”.

Abre tamaño ojos cuando le comento que Matilde tenía por compañero sentimental,  en los años 60,  a un artista uruguayo. Yo los conocí en La Paz, le digo. En otro rato, su esposa María de Lourdes, que es mexicana, nota que mis ojos se vidrian cuando  Daniel canturrea  una antiquísima plegaria aimara boliviana con quenas: “Sal, lucero del alba, de ojos hermosos, y mira  que el que te quiere en la puerta de tu casa está llorando…”

Al día siguiente, el reciente sábado 10 de junio, ante unas dos mil personas congregadas en una explanada de la Ciudad de México, Viglietti ofrece un recital de dos horas donde defiende a Venezuela  “demonizada”, dice,  por los que quieren destruir la revolución bolivariana “como hicieron con Allende”. Habla con sorna de los intelectuales “de izquierda” que firman documentos contra el presidente Maduro y defiende  airadamente a Cuba, nombra a Fidel y el Che, a Lula, Correa y Evo, recuerda a Miguel D’Escoto, cura sandinista fallecido hace  poco.  Este trovador antiimperialista de tanta historia en nuestros pueblos es de los que nunca vendieron su canto que  corean todas las muchedumbres desde hace más de 50 años.

Por la noche Viglietti se junta con más gente que lo quiere y le sigue “desde que empezaste, compañero, el año 65”. El uruguayo, hoy  de 77 años,  revela  entonces que en su juventud aprendió “algo boliviano que nunca se me olvidó” y entona:“Quicharirillahuay, vidita, mana suachu cani, wawayquic munasqan tolquetayqui cani…” Emocionado y a punto de llanto me uno a su voz y completo la estrofa en quéchua de aquel huayño de los años 50: “Pisqosca pajaruska, pata patamanta chulluj kasqa zapallusta…”

Las horas a su lado se minutean en retazos memoriosos y ponen a funcionar relojes marcadores de  vivencias de uno en la clandestinidad, en la cárcel, en el destierro y en las luchas callejeras. La vida a su lado se desempolva al conjuro de los cantos viglietanos y reafirma sus convicciones para hacer valer su presente y dar cara al futuro que aún queda… porque si uno no es sus amigos, ¿qué carajos es?.

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