noviembre 2017

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Un 15 de noviembre, hace 38 años

Como un cardiópata en la ciénaga del infarto o una ciudad temerosa de  los manotazos de un sismo, así vivió Bolivia todo el siglo pasado, al borde de matanzas militares y/o golpes de Estado. Amanecíamos los bolivianos pendientes del humor con que despertaban los generales o coroneles con mando, psicópatas que flotaban en la efes de su fuerza por la fama y fortuna fortuitas en su favor.

El coronel Alberto Natusch Busch fue uno de esos.  Su golpe de Todos Santos ocurrió el 1 de noviembre de 1979 y duró dos semanas, hasta el día 15 de noviembre, de hace 38 años,  fecha en que renunció y huyó por la puerta trasera de su cobardía, acosado por una sólida huelga general y la rechifla pública. Sus secuaces escaparon también historia atrás y hacia abajo.

Todos ellos se blindaron contra la justicia pero no sacaron sus nombres de la memoria histórica. El libro testimonial “La masacre de Todos Santos”, editado por la Asamblea de Derechos Humanos, los menciona uno por uno: Arturo Doria Medina, comandante del regimiento Tarapacá que ametralló a multitudes en las calles, Jaime Niño de Guzmán, jefe de la aviación que bombardeó sobre plazas y mercados atestados de gente. Edén Castillo, Armando Reyes Villa, Carlos Mena (“torturador profesional”, dice el escrito) Oscar Larraín, Mario Oxa, Luis García Meza, Humberto Cayoja, Faustino Rico Toro  y otros diez. (más…)

calacas

Tt’anta wawas y calaveras

Íbamos en Todos Santos por las calles con unas bolsas de tela para ganarnos el pan rezando en los altarcitos de ofrenda a los difuntos que volvían al pueblo. “Alabado sal señor sacramiento del altar…” cantábamos luego de la estrofa voceada por nuestro corero; los deudos nos pagaban con dos o tres tt’anta wawas (panecillos) por nuca.

En Llallagua y Siglo XX había hasta 4 altares por cuadra, en memoria de los fallecidos ese año, o sea unas 500 mesas de ofrenda. Por eso, las t’ojpas (pandillas) de niños no competíamos, ya que había panes santos para todos.

Las coplas de los alabados eran de burla a la muerte y muy pícaras las que se cantaban en quéchua. Al galope del recuerdo recopilé en los años noventa varias de ellas y las publiqué en Wipalabra, mi columna opinante en el diario Presencia que dirigía Ana María Campero (que ambos descansen en paz).

Sirva el introito para abordar las “calacas” mexicanas que se publican en estas fechas; son textos de epitafios y/o lápidas satíricas con alusiones directas a políticos, artistas y toda gente famosa que se supone estará muerta por hoy y mañana, y a la que se le dirá todo cuanto no se pudo en vida. Ejemplo:

Aquí yace Peña Nieto

al que apodaban Estulto,

no lo enterraron de feto

y hoy lo padecen de adulto. (más…)