diciembre 2017

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Romance de Amayapampa*

21 coplas en el nombre del oro y sus perversiones

(En diciembre de 1996, hace 21 años, hubo una matanza
de pobladores originarios en Amayapampa, allí donde comienza
el Norte de Potosí, por la posesión del oro. Reproduzco lo que escribí
en esos días para que la memoria histórica boliviana siga fresca y en guardia)

A los juglares nos toca contar historias reales con palabras remendadas
y versos artificiales. Tengo un nudo en la garganta siempre que nombro el destino de las riquezas mineras en el norte potosino.

Este es el primer romance de otra matanza que ha sido contra la gente más pobre sobre el suelo enriquecido. Lugar: Ayllu Chayantaka. Fecha: Día 22. Diciembre 96. Testigos: la piedra y Dios.

Charanguito bien punteado para avisar que aquí cerca, en Kapacirca y Amaya, la gente se ha puesto terca.

Desde hace 500 años es dueña de un yacimiento áureo, privatizado
recién por el Movimiento. Entonces una ordenanza fue enviada al general que se puso firme y dijo: ¡es su orden, mi capital!

Y desplegaron soldados de La Paz, de Potosí, de Oruro, como a la guerra. No me contaron, lo vi. Antes de la Nochebuena Reyes Magos del azoro quemaron incienso y mirra en el pesebre del oro.

Charanguito zapateado; La plata, el oro, el estaño, nunca fueron de Bolivia, siempre de un poder extraño.

Detrás de Aymaya y Chayanta, como si fuera una rampa, el ejército tendió la muerte como una trampa. A los que escupieron fuego ni se les movió la cara, en Kapasirca mataron como si nada importara.

La muerte bailó su tincu como en el 65, como en San Juan, en Tolata, igual y un poco distinto. Si quieren más referencias del sangriento sucedido, por la Radio Pío Doce la historia no se ha perdido.

Charango kalampeadito, airampo de color fino, vivir es morir al tiro en el norte potosino.

No sé si les gustará que siga con esta historia, pero en Bolivia la vida
es olvido y es memoria. Anteayer fue por la plata, ayer fue por el estaño
esta tarde por el oro… ¡Ay país del desengaño!

De Aymayapampa hacia arriba están Panakachi y Kari, territorios del suplicio de los hermanos Katari. Y aquí no les voy a hablar de Llallagua y Siglo Veinte, de sus cien años de sangre no faltará quién les cuente.

Charanguito en temple diablo, siempre hemos sabido cómo los entreveros del oro se solucionan con plomo.

Murieron 26 gentes, ejecutadas ahí mismo por las armas de la patria y el neoliberalismo. Generales, coroneles y toda la patriotada sintetizada en un nombre: Goni Sánchez de Lozada.

Paisano, aquí pongo fin a este testimonio fiel, vieja historia de Caín que sigue matando a Abel.

*Texto publicado en el diario La Razón de La Paz, el miércoles 27 de diciembre de 2017

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Somos porque nos acordamos*

Despertamos al día y somos de nuevo palabra y acción, gracias a que nos acordamos. Si no fuera por el recuerdo no asumiríamos la responsabilidad de la vida ni la conciencia de mantenernos vivos, con dignidad y sentido de futuro, criterios que no tienen las plantas ni los animales.

Somos, por la memoria. Estamos solo por los recuerdos que tenemos y mantenemos vigentes. Porque nos acordamos asumimos la palabra. Somos los únicos seres terrestres que buscamos entendernos afirmados en el recuerdo y en los alcances y cuidados de la palabra.

En esa evidencia tiene sentido hablar de la resurrección. Nos renacemos a cada rato. Parece una paradoja, pero resucitamos cada día sin haber muerto en la víspera, porque la memoria nos envuelve en su manto de pervivencia. Seguimos siendo en testimonio porque estamos siendo testimoniales. El recuerdo nos hace ser trashumantes, que metafóricamente es la gente que va detrás del humo de su memoria histórica. Trashumante es el que en su horizonte ve la llama que emana del fuego de sus ideales o experiencia.

El recuerdo incita a volver, incluso para olvidar. Y, así, la trashumancia es punto de partida y meta final también para los que emigran. Nadie que tenga necesidad de irse de lo que bien ama será presa del olvido y menos de la infausta resignación de morir lejos, si tiene la evidencia de que debe la vida a quienes lo concibieron con amor y fue dotado de sentido de patria y pertenencia.

Trashumantes somos los bolivianos que en la lejanía añoramos, hasta el incontenible nivel de la lágrima, el humo de la cocina de nuestras madres;trashumante es quien avizora el humo que emana del fogón de sus recuerdos, llama que a mayor distancia se hace más alta y gruesa porque la recarga con sus propias melancolías. La distancia no es ausencia.

El que regresa vuelve para habitar los espacios que le conservaron los recuerdos. Y es cosa de ocupar esos lugares con lo único propio y valedero que acumuló en el tiempo: la palabra.

Enmendamos o corregimos falencias e ingratitudes causadas en otro tiempo con la palabra manifestada en aires de perdón o de sincera disculpa. Lo hacemos porque queremos volver a estar de acuerdo, incluso con los que no estamos de acuerdo, que de eso se trata la vida
sobre la tierra.

La palabra sostiene la esperanza del que vuelve con la misma convicción con que en otro tiempo le mantuvo la discrepancia. La palabra bien manejada nos conduce en la tolerancia y la prudencia, sin falta de sinceridad.

Por eso asumimos a diario el trance de coexistir sin riesgos de muerte ni pompas de milagro. Estamos hechos de palabras. Somos la palabra, “la gloria de la lengua” que dijo el Dante. Si decae la palabra se degrada la condición humana.

Únicamente nosotros podemos mantener flameando las banderas del lenguaje en el viento del diálogo. La palabra es la mayor conquista del ser humano. Nunca y nadie más alcanzó la victoria, arte y proeza de hablar para comunicarse, para darse a entender o desbaratar lo que se le muestra como misterio o dogma. Y echamos mano de la buena voluntad o la inteligencia convivencial gracias a que nos acordamos, recordamos, con la herramienta de la palabra.

He de ofrecer disculpas (no pedirlas) a los lectores de esta columna quincenal en el diario La Razón por el improvisado hilván de estas acepciones, que tal vez orillan con lo tautológico, porque también deseo que amparen (no que expliquen) mi retorno definitivo al país, donde ya estoy desde hace dieciocho días.

Y es aquí, en mi patria, donde quiero acabar de vivir armado de la palabra, en el parapeto de los recuerdos y munido del suficiente parque de memoria histórica. Gracias.

* Publicado en La Razón de La Paz, Bolivia, el miércoles 13 de diciembre de 2017

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De sequías y otras sequedades

Ahora que en gran parte del sur boliviano, Sucre en especial, se cierne la sequía como una maldición anual insalvable, procede remarcar la obra de unos constructores de tanques de almacenamiento de agua de lluvia, cisternas de 12.000 litros de capacidad cada una, propicias para “cosechar” el líquido vital; es decir, procesar su purificación con filtros elementales en favor de la salud y provecho de los pueblos. Me tocó ver hace poco en el sur de Potosí al menos 500 de esos tanques construidos por la empresa Don Goyo, a la vera de las casas de vecinos en Toro Toro, Tacobamba, Betanzos, Ravelo, Chuquiuta y otros poblados. Enaltece escuchar los testimonios de los beneficiarios: “tengo 75 años de edad y desde mis ocho iba hasta dos veces al río, caminando 15 minutos, para traer el agua en estos dos baldecitos. Ahora el agua está aquí, en mi puerta. Mi vida ha cambiado, pues…”, y otras declaraciones con ese tenor.

En estos dos últimos años se han construido más de 1.400 tanques en aquella región del deprimido sur potosino, pero pienso que otras 100 regiones bolivianas (en Yungas, el Chaco, Tarija y todo el oriente) están esperando ese apoyo concreto a la vida, esa tamaña obra para corresponder al respeto que se le debe a la gente en sus demandas de dignidad y justicia. Decía Marx que el trabajador merece más respeto que pan o salario. Ha de ser reconfortante y ciertamente revolucionario que se construyan esos tanques de agua (cisternas) en escuelas y colegios, en parques, ciertas placitas o caminos de tránsito popular. Digo. Que el Gobierno siga alentando ese modo de liberar a la gente necesitada, agraviada por la pobreza secular y el abandono social de lo que fue la llamada república, pinche Estado aparente, ya superada con la plurinacionalidad.

Escribí todo lo anterior para ligarlo al recuerdo de una proeza cultural que hace 33 años logramos en México unos bolivianos solidarios con miles de pobladores del norte potosino afectados por una sequía de casi cuatro años. No llovió por más de 1.000 días y la vida se hizo pedazos en Uncía, Chayanta, Macha, Pocoata, Colquechaca y otras 10 regiones. Los pobladores emprendieron el éxodo por millares, cargando niños, abuelos y frustraciones.

Fue cuando seis universitarios bolivianos que, sin dejar de lograr una profesión, aceptaron mi propuesta de grabar un disco, una cantata que reflote el drama de los indios norpotosinos. El disco Sequía (Grupo Calicanto y Coco Manto) se grabó en Pentagrama luego de siete meses de traumáticos ensayos y broncas económicas. Los jóvenes músicos coronaron sus estudios y hoy son el médico Jaime Ortiz; los economistas José María Pantoja, Fidel Carlos Flores y Pablo Guzmán; y los ingenieros Dámaso Rivero y Cenobio Quino. Honor a ellos, sus voces, charangos, ronrocos, bombos, sicuris, guitarras, quenas, etc. Y en los coros, compatriotas como Quica Ortiz, Martha Beatriz, Mariel del Carmen y Pablo Ernesto. Dos mexicanos solidarios, músicos de alto nivel, orlaron esa producción: el tecladista Federico Luna y la chelista Henriqueta Aragón. Yo leí mis textos poéticos alusivos a esa tragedia social que desgraciadamente se repite en nuestro país.

Ese elepé (LP), hoy perdido en la memoria, sirvió para catapultar al Grupo Calicanto, que fue invitado al 12º Festival Cervantino de Guanajuato, aparte de unas 20 presentaciones en universidades, casas de cultura y teatros en todo el país. La temática de Sequía daba para plantear la solidaridad y replantear la vida junto a los más pobres.

“En las esquinas del hombre se abrirán nuevos caminos, la gratitud de la lengua y de los primeros himnos dará la historia sonora a los pentagramas indios. Solo nosotros te digo ya no podremos ser otros. En aquel tiempo tan nuevo tendremos que hablar muy poco porque fuimos destinados a ser voz de lo remoto. Iremos pisando leve sobre las cosas sencillas, celosos de nuestros muertos, porque así fue nuestra vida. La cicatriz, amor mío, se acuerda bien de la herida”.