diciembre 5, 2017

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De sequías y otras sequedades

Ahora que en gran parte del sur boliviano, Sucre en especial, se cierne la sequía como una maldición anual insalvable, procede remarcar la obra de unos constructores de tanques de almacenamiento de agua de lluvia, cisternas de 12.000 litros de capacidad cada una, propicias para “cosechar” el líquido vital; es decir, procesar su purificación con filtros elementales en favor de la salud y provecho de los pueblos. Me tocó ver hace poco en el sur de Potosí al menos 500 de esos tanques construidos por la empresa Don Goyo, a la vera de las casas de vecinos en Toro Toro, Tacobamba, Betanzos, Ravelo, Chuquiuta y otros poblados. Enaltece escuchar los testimonios de los beneficiarios: “tengo 75 años de edad y desde mis ocho iba hasta dos veces al río, caminando 15 minutos, para traer el agua en estos dos baldecitos. Ahora el agua está aquí, en mi puerta. Mi vida ha cambiado, pues…”, y otras declaraciones con ese tenor.

En estos dos últimos años se han construido más de 1.400 tanques en aquella región del deprimido sur potosino, pero pienso que otras 100 regiones bolivianas (en Yungas, el Chaco, Tarija y todo el oriente) están esperando ese apoyo concreto a la vida, esa tamaña obra para corresponder al respeto que se le debe a la gente en sus demandas de dignidad y justicia. Decía Marx que el trabajador merece más respeto que pan o salario. Ha de ser reconfortante y ciertamente revolucionario que se construyan esos tanques de agua (cisternas) en escuelas y colegios, en parques, ciertas placitas o caminos de tránsito popular. Digo. Que el Gobierno siga alentando ese modo de liberar a la gente necesitada, agraviada por la pobreza secular y el abandono social de lo que fue la llamada república, pinche Estado aparente, ya superada con la plurinacionalidad.

Escribí todo lo anterior para ligarlo al recuerdo de una proeza cultural que hace 33 años logramos en México unos bolivianos solidarios con miles de pobladores del norte potosino afectados por una sequía de casi cuatro años. No llovió por más de 1.000 días y la vida se hizo pedazos en Uncía, Chayanta, Macha, Pocoata, Colquechaca y otras 10 regiones. Los pobladores emprendieron el éxodo por millares, cargando niños, abuelos y frustraciones.

Fue cuando seis universitarios bolivianos que, sin dejar de lograr una profesión, aceptaron mi propuesta de grabar un disco, una cantata que reflote el drama de los indios norpotosinos. El disco Sequía (Grupo Calicanto y Coco Manto) se grabó en Pentagrama luego de siete meses de traumáticos ensayos y broncas económicas. Los jóvenes músicos coronaron sus estudios y hoy son el médico Jaime Ortiz; los economistas José María Pantoja, Fidel Carlos Flores y Pablo Guzmán; y los ingenieros Dámaso Rivero y Cenobio Quino. Honor a ellos, sus voces, charangos, ronrocos, bombos, sicuris, guitarras, quenas, etc. Y en los coros, compatriotas como Quica Ortiz, Martha Beatriz, Mariel del Carmen y Pablo Ernesto. Dos mexicanos solidarios, músicos de alto nivel, orlaron esa producción: el tecladista Federico Luna y la chelista Henriqueta Aragón. Yo leí mis textos poéticos alusivos a esa tragedia social que desgraciadamente se repite en nuestro país.

Ese elepé (LP), hoy perdido en la memoria, sirvió para catapultar al Grupo Calicanto, que fue invitado al 12º Festival Cervantino de Guanajuato, aparte de unas 20 presentaciones en universidades, casas de cultura y teatros en todo el país. La temática de Sequía daba para plantear la solidaridad y replantear la vida junto a los más pobres.

“En las esquinas del hombre se abrirán nuevos caminos, la gratitud de la lengua y de los primeros himnos dará la historia sonora a los pentagramas indios. Solo nosotros te digo ya no podremos ser otros. En aquel tiempo tan nuevo tendremos que hablar muy poco porque fuimos destinados a ser voz de lo remoto. Iremos pisando leve sobre las cosas sencillas, celosos de nuestros muertos, porque así fue nuestra vida. La cicatriz, amor mío, se acuerda bien de la herida”.