octubre 2018

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Ayer, en el panteón La Concordia del camino a Quillacollo vi en una tumba el nombre de Rodolfo Von Borries, ingeniero electrónico que fue de Radio Pío XII de Siglo XX. Por él supe, en mis inicios de periodista, años sesenta, que las radioemisoras estaban sometidas en su desparpajo de libertad a la dictadura de la tecnología que era importada, como hoy, pero entonces selectiva y con grandes restricciones. Las casas importadoras (Hansa, Intermaco et al) de plantas de transmisión, micrófonos, grabadoras y hasta agujas para discos lo hacían en obligada consulta con el gobierno que les proveía las divisas (dólares marcados) para esos negocios.
En ese aire, las radios mineras sindicales tenían que someterse a las condiciones bajo reserva de los gerentes importadores -coimas, para tapar el “favor personal” o “el riesgo de clausura de su empresa”- si querían comprar repuestos que les permitan seguir funcionando sin salvarse de su condenada marca de ilegales y clandestinas.
En 1965 era yo el director de Radio Vanguardia de Colquiri y acompañé a los dirigentes sindicales a una casa importadora de La Paz para adquirir discos y ciertos aditamentos técnicos. Fui testigo mudo e impotente del sobreprecio que se cobraron los gerentes comerciales por venderle a una radio extremista, como la nuestra, literales armas de fuego, ergo micrófonos. Regresamos al distrito minero con silencio avergonzado porque no se iba a avisar de eso a los trabajadores reunidos en asamblea general.
Ah, querido Rodo Von Borries. Ah, tiempos esos, tan amargos e imborrables.

El Yuppie y la Flauta

 

-¿De dónde vienes? –dijo el viejo-. El Yuppie infló el pechito y respondió a mansalva: -De Harvard, don Jacinto.
Se me hizo de muy mal gusto presumir así, de entrada nomás, con semejante patochada (sic) ante un apacible provinciano que nos recibía en su casa como huéspedes.
–¿Y dónde queda eso? –inquirió el anfitrión destapando unas cervezas de bienvenida.
–Oh, lejos, don Jacinto -respondió el ensoberbecido-. Bien lejos de aquí y muy caro.
El infeliz me miró convocándome a la complicidad con un guiño: -¿Harvard estará a unos 500 años de saberes, ciencia y cultura de este pueblito? ¿Qué dices tú?
No supe qué responder, pero ya estaba sintiendo que mi bronca por el baboso jarvardiano me subía desde los tobillos. Sobrador de porquería. Somos primos y don Jacinto es tío nuestro. De niños, veníamos ambos a esta hacienda, de vacaciones, traídos por nuestros padres. Éramos felices trepando árboles, corriendo al cerro, jugando en la lagunita. Pero ahora el Yuppie, desclasado, miraba todo con mohines de asco.
Lo llamamos el Yuppie a pedido de él, desde que llegó de los Yúnais. Ese apelativo en inglés significa, creo, young university professional people. Pinche altanero.
El viejo nos ofreció la espumante cerveza y con el dejo natural de las melancolías comentó que le alegraba vernos y en especial a Fernandito, así dijo, porque, pues, te fuiste al exterior muy jovencito y que bueno que ya volviste al país, porque es de buenos hijos volver al solar nativo y…
El Yuppie oía sin escuchar, mirando con molestia a cualquier parte de la modesta estancia. El tío siguió con que seguramente a tu papá le habría gustado verte así, como te ves, tan desenvuelto y capaz…
–Oh, sí –interrumpió el Yuppie, sin pizca de sentimiento-. Mi viejo murió cuando yo tenía quince años.
–El corazón; fue fulminante, qué pena-, dijo el tío, y luego: ¡salud, salud, bienvenidos, hijos! y dio un sorbo a la espumante. Bebimos todos y luego se alzó un silencio incómodo. Yo no atinaba a decir nada y peor aquél, ajeno, ido, que se puso a mirar el patio por la ventanita.

Tosió el viejo como para aclararse la voz y habló penosamente:
-Al poco tiempo de la muerte de mi hermano Víctor, toda tu familia se mudó a la ciudad, a la casa de Elvira, tu santa mamacita que en paz descanse, Nandín.
Nandín, así llamábamos a Fernando en aquellos años. El déspota seguía sin palabra para nadie y el silencio se atrevió a hacerse oír más pesado entre los tres. Creí obligado decir cualquier cosa y musité: gracias, querido tío, por recibirnos en esta casa de tantos buenos recuerdos para nosotros… y ¡salud!”.
Al ver que el Yuppie ni se amoscabas, allí, en el fondo de la salita, le dije con sorna: ¡Salud, doctor!
–¿Doctor? ¿Eres doctor? –se iluminó el viejo-. ¡Qué bueno, Nandín! Mira qué buena suerte que hayas venido. ¿Sabes qué, hijo? Hace unas dos semanas me empezaron unos dolores aquí por la cintura y cuando me agacho ya casi no me puedo enderezar porque…
–¡No, no, don Chinto! –cortó aquel con molestia-. No soy doctor de… de…¡de esas cosas! – Por un momento pensé que iba a decir de esas huevadas.
El viejo, detenido tan en seco, frunció el ceño y tragó saliva. El Yuppie, en la consagración de su petulancia habló para diplomar su vanidad: Tengo un doctorado en econometría, en Harvard, como ya dije.
El tío sorbió lentamente su cerveza, se relamió los labios y limpiándose la boca con la manga de la camisa habló como en sus tiempos de vocero que fue de la familia.
–Mira, Nandín, seré muy viejo e ignorante, pero aquí, en el pueblo y en los buenos tiempos, había dos clases de doctores: los matasanos y los buscapleitos. O sea, médicos y abogados. ¿Ahora hay otra clase de doctores?
Antes de que el Yuppie se mande otra de sus babosadas intervine:
-Querido tío, cuando uno excava y excava la tierra y encuentra vasijas antiguas, de barro, es un doctor en antropología; si otro especialista entra en una cueva, se pone a investigar edades de la tierra y sale con olor guano es un doctor en espeleología…
En eso saltó el Yuppie: ¡Si manipula gente y sociedades por años y años es un doctor en sociología! Dio unos pasos hasta mí y mirándome fijamente, remarcó las sílabas de su dicho: Si luego de decir que estudia la sabiduría sale con que solo sé que no sé nada, puede decirse que es un doctor en filosofía, ¿no es cierto?
El tío Jacinto tomó el último trago de su chela, se rascó la cabeza y achinando la mirada le preguntó: -Tú, ¿en qué dices que eres doctorado?
-Soy doctor en economía. Déjeme explicarle sencillito, don Chinto. Estudié en Harvard para sanear las finanzas públicas…
-¡Ah, como la Fili! –se iluminó el viejo provinciano-. ¿Se acuerdan de la Fili, chicos?
-Yo, sí –dije-. Esa buena moza a la que la gente malpensada le decía la Flauta, ¿no?
-¡Esa! Felicia, la de la tienda –dijo el viejo frotándose las manos como envolviendo un íntimo gozo. Y en eso, sorpresivamente, el interés del Yuppie
-¿Qué pasó con la Fla… la Fili?
–Pues… se hizo pública y saneó todas sus finanzas –repuso el viejo. Y antes de que el Yuppie reaccionara ante tamaño sopapo verbal:
-Pero, la Fili no nos decía que era doctorada, aunque dejó a muchos en la ruina…

Artículo en LA Razón, Bolivia. Domingo 14 de octubre, 2018

Mantología: JORGE MANSILLA TORRES

 

DIAGRAMA DE LA CUECA

La cueca ensaya en el sueño
y baila cuando despierta
con su vaivén va al encuentro
de un imposible y ajeno,
la cueca se yergue esbelta
para enamorar… ¡Adentro!

Su pañuelo es la bandera
de conquista que se eleva
y envuelve lo que desea,
cueca de historias secretas
y de intenciones abiertas
en el amor… ¡A la Vuelta!

Ahí se va por una esquina
cadereando sus recuerdos
sus confidencias queridas
atadas en el pañuelo
como ocultando la herida
de su deseo… ¡esa Quimba!

¡Ahora! con charango y pianos
con acordeón y guitarras
quenas y violín chapaco…
La cueca ya está despierta
y hay que soñarla bailando
zapateadita. ¡Ahora manos!