octubre 13, 2018

El Yuppie y la Flauta

 

-¿De dónde vienes? –dijo el viejo-. El Yuppie infló el pechito y respondió a mansalva: -De Harvard, don Jacinto.
Se me hizo de muy mal gusto presumir así, de entrada nomás, con semejante patochada (sic) ante un apacible provinciano que nos recibía en su casa como huéspedes.
–¿Y dónde queda eso? –inquirió el anfitrión destapando unas cervezas de bienvenida.
–Oh, lejos, don Jacinto -respondió el ensoberbecido-. Bien lejos de aquí y muy caro.
El infeliz me miró convocándome a la complicidad con un guiño: -¿Harvard estará a unos 500 años de saberes, ciencia y cultura de este pueblito? ¿Qué dices tú?
No supe qué responder, pero ya estaba sintiendo que mi bronca por el baboso jarvardiano me subía desde los tobillos. Sobrador de porquería. Somos primos y don Jacinto es tío nuestro. De niños, veníamos ambos a esta hacienda, de vacaciones, traídos por nuestros padres. Éramos felices trepando árboles, corriendo al cerro, jugando en la lagunita. Pero ahora el Yuppie, desclasado, miraba todo con mohines de asco.
Lo llamamos el Yuppie a pedido de él, desde que llegó de los Yúnais. Ese apelativo en inglés significa, creo, young university professional people. Pinche altanero.
El viejo nos ofreció la espumante cerveza y con el dejo natural de las melancolías comentó que le alegraba vernos y en especial a Fernandito, así dijo, porque, pues, te fuiste al exterior muy jovencito y que bueno que ya volviste al país, porque es de buenos hijos volver al solar nativo y…
El Yuppie oía sin escuchar, mirando con molestia a cualquier parte de la modesta estancia. El tío siguió con que seguramente a tu papá le habría gustado verte así, como te ves, tan desenvuelto y capaz…
–Oh, sí –interrumpió el Yuppie, sin pizca de sentimiento-. Mi viejo murió cuando yo tenía quince años.
–El corazón; fue fulminante, qué pena-, dijo el tío, y luego: ¡salud, salud, bienvenidos, hijos! y dio un sorbo a la espumante. Bebimos todos y luego se alzó un silencio incómodo. Yo no atinaba a decir nada y peor aquél, ajeno, ido, que se puso a mirar el patio por la ventanita.

Tosió el viejo como para aclararse la voz y habló penosamente:
-Al poco tiempo de la muerte de mi hermano Víctor, toda tu familia se mudó a la ciudad, a la casa de Elvira, tu santa mamacita que en paz descanse, Nandín.
Nandín, así llamábamos a Fernando en aquellos años. El déspota seguía sin palabra para nadie y el silencio se atrevió a hacerse oír más pesado entre los tres. Creí obligado decir cualquier cosa y musité: gracias, querido tío, por recibirnos en esta casa de tantos buenos recuerdos para nosotros… y ¡salud!”.
Al ver que el Yuppie ni se amoscabas, allí, en el fondo de la salita, le dije con sorna: ¡Salud, doctor!
–¿Doctor? ¿Eres doctor? –se iluminó el viejo-. ¡Qué bueno, Nandín! Mira qué buena suerte que hayas venido. ¿Sabes qué, hijo? Hace unas dos semanas me empezaron unos dolores aquí por la cintura y cuando me agacho ya casi no me puedo enderezar porque…
–¡No, no, don Chinto! –cortó aquel con molestia-. No soy doctor de… de…¡de esas cosas! – Por un momento pensé que iba a decir de esas huevadas.
El viejo, detenido tan en seco, frunció el ceño y tragó saliva. El Yuppie, en la consagración de su petulancia habló para diplomar su vanidad: Tengo un doctorado en econometría, en Harvard, como ya dije.
El tío sorbió lentamente su cerveza, se relamió los labios y limpiándose la boca con la manga de la camisa habló como en sus tiempos de vocero que fue de la familia.
–Mira, Nandín, seré muy viejo e ignorante, pero aquí, en el pueblo y en los buenos tiempos, había dos clases de doctores: los matasanos y los buscapleitos. O sea, médicos y abogados. ¿Ahora hay otra clase de doctores?
Antes de que el Yuppie se mande otra de sus babosadas intervine:
-Querido tío, cuando uno excava y excava la tierra y encuentra vasijas antiguas, de barro, es un doctor en antropología; si otro especialista entra en una cueva, se pone a investigar edades de la tierra y sale con olor guano es un doctor en espeleología…
En eso saltó el Yuppie: ¡Si manipula gente y sociedades por años y años es un doctor en sociología! Dio unos pasos hasta mí y mirándome fijamente, remarcó las sílabas de su dicho: Si luego de decir que estudia la sabiduría sale con que solo sé que no sé nada, puede decirse que es un doctor en filosofía, ¿no es cierto?
El tío Jacinto tomó el último trago de su chela, se rascó la cabeza y achinando la mirada le preguntó: -Tú, ¿en qué dices que eres doctorado?
-Soy doctor en economía. Déjeme explicarle sencillito, don Chinto. Estudié en Harvard para sanear las finanzas públicas…
-¡Ah, como la Fili! –se iluminó el viejo provinciano-. ¿Se acuerdan de la Fili, chicos?
-Yo, sí –dije-. Esa buena moza a la que la gente malpensada le decía la Flauta, ¿no?
-¡Esa! Felicia, la de la tienda –dijo el viejo frotándose las manos como envolviendo un íntimo gozo. Y en eso, sorpresivamente, el interés del Yuppie
-¿Qué pasó con la Fla… la Fili?
–Pues… se hizo pública y saneó todas sus finanzas –repuso el viejo. Y antes de que el Yuppie reaccionara ante tamaño sopapo verbal:
-Pero, la Fili no nos decía que era doctorada, aunque dejó a muchos en la ruina…

Artículo en LA Razón, Bolivia. Domingo 14 de octubre, 2018

Mantología: JORGE MANSILLA TORRES