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Ayer, en el panteón La Concordia del camino a Quillacollo vi en una tumba el nombre de Rodolfo Von Borries, ingeniero electrónico que fue de Radio Pío XII de Siglo XX. Por él supe, en mis inicios de periodista, años sesenta, que las radioemisoras estaban sometidas en su desparpajo de libertad a la dictadura de la tecnología que era importada, como hoy, pero entonces selectiva y con grandes restricciones. Las casas importadoras (Hansa, Intermaco et al) de plantas de transmisión, micrófonos, grabadoras y hasta agujas para discos lo hacían en obligada consulta con el gobierno que les proveía las divisas (dólares marcados) para esos negocios.
En ese aire, las radios mineras sindicales tenían que someterse a las condiciones bajo reserva de los gerentes importadores -coimas, para tapar el “favor personal” o “el riesgo de clausura de su empresa”- si querían comprar repuestos que les permitan seguir funcionando sin salvarse de su condenada marca de ilegales y clandestinas.
En 1965 era yo el director de Radio Vanguardia de Colquiri y acompañé a los dirigentes sindicales a una casa importadora de La Paz para adquirir discos y ciertos aditamentos técnicos. Fui testigo mudo e impotente del sobreprecio que se cobraron los gerentes comerciales por venderle a una radio extremista, como la nuestra, literales armas de fuego, ergo micrófonos. Regresamos al distrito minero con silencio avergonzado porque no se iba a avisar de eso a los trabajadores reunidos en asamblea general.
Ah, querido Rodo Von Borries. Ah, tiempos esos, tan amargos e imborrables.

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