Plaza principal de Uncía; el templo de San Miguel y el aire provincial ya sin las agitaciones del estaño y el problema social.

Alabados y calaveras

Más que día de duelo, Todos Santos era una fiesta. Cantábamos los alabados  en los altares que las familias mineras erigían a  sus muertos. Íbamos  los niños eufóricos por las calles buscando tumbas a domicilio para cantar  “alabado sea el señor/sacramento del altar/ y la virgen concebida/ sin pecado original”, luego de que el corero  en jefe entonara una estrofa aparte para las almas o angelitos, sean adultos o niños.

 

Eran coplas de honra al difunto o de burla a la diabla muerte. Los  altareros nos regalaban  tt`antawawas,  panecillos horneados  como palomas, serpientes, cruces, escaleras o estrellas que cargábamos en saquillos al hombro, el pan nuestro de mañana. A veces, nuestro  corero se mandaba una estrofa aparte para que el deudo le dé algo mejor, un bizcochuelo, por ejemplo. “Don Serapio buena gente/  siempre fue trabajador/ y dos ángeles lo llevan/ al servicio del  señor”.

 

Lo único seguro en Siglo XX y Llallagua  era la gran cantidad de muertos cada año y los juglares poníamos en boca del corero coplas,  como esta para los líderes sindicales Pimentel y Escobar: “Irineo y Federico/ con San Pedro ya estarán/ siendo que eran comunistas/ a pesar del capellán” . O para los masacradores:  “Leuke leuke, puca chaqui/  nuestro Dios te ha de botar/ por tu uniforme de caqui/ y tu rifle de matar”.

 


Aunque en México la fiesta todosantera está venturamente viva  gracias a la resurrección de la Catrina del pintor Posadas, ya no se componen calaveras (“calacas”), epitafios públicos para la gente que se quería  ver muerta. Antes se publicaban suplementos festivos con lápidas para políticos, artistas, diputados, patrones y demás celebridades.
Año con año, hasta el 2005, la empresa Excélsior encargaba a sus epigramistas, el vate Campos Díaz y Sánchez y yo,  calaquear a unos 80 personajes en sus revistas y diarios. La lápida iba con una caricatura del muertito.  En 25 años fui autor de unas 700 lapiditas. Recuerdo algunas. Del presidente López Portillo: “Muy seria llegó la Parca/ al fúnebre conventillo/ y dijo al poner su marca:/ Me traje a López Porpillo”  De la actriz María Félix: “Al verla perfecta y bella/ se le aflojó la guadaña/ y ya enamorada de ella/ ¡la Flaca se hizo lesbiana!”  De Fidel Castro:   “Con odio y muy yanquimente/  me mataste tantas veces…/ Ahora te digo de frente:/  ¡Gusana, no me mereces!”  De Marcelo Quiroga: “En la memoria de todos/ gozo de cabal salud,/ y vos, pus de Chonchocoro,/ ¡te pudres en tu ataúd!   De la iglesia metida con el narco por millonarias limosnas: “Sin que parezca pecado/ escuché en el cementerio/ a un  cura pichicatero/ cantando:  Dios  sea lavado…”
Ya no hay, pues, alabados ni calaveras. Sin el genio y la malicia para tratos de post mortem, la creatividad popular arde en el fuego fatuo de las  conchudas redes sociales con sus aparatejos celulares,  aypuds y demás guaraguas  tecnológicas que todo  lo traen hecho y compuesto. Peor aún, los niños  de hoy ya no imaginan la Noche de Muertos sin el jalogüin, babosada gringa que les hace ir de puerta en puerta  disfrazados de fantasmas pidiendo golosinas o dinero. Bah.
Caray, si  aún hubiese la costumbre  de escribir calacas, ¡las cosas que pondría  de Evo,  Hillary, Maduro, Doria Medina, Dilma, los cooperativistas mineros matones, la Zapata…!  De Trump diría: “Entiérrenlo boca abajo/ como enseñaba la CIA,/ cuidando que ese carajo/ ¡esté vivo todavía!
Calaca para el Vaticano  que quiere meter su cuchara en las cenizas de los muertos:  “De cenizas, tierra o hierba, / tatacura, ego te absolvo,/ en eso quiero  reserva/ como cuando me echo un polvo”.   Alabado, en fin,  a la fama chapaca:  “Que en Tarija sin alarde/ la muerte fije su hogar,/ ¡para que llegue bien arde/ cuando tenga que llegar!

 

 

Miércolesmente/JORGE MANSILLA TORRES

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


2 − 1 =