Letras para el cambio

Lo que se ve, se anota

La izquierda de las naciones circunvecinas a Bolivia está en la víspera de grandes victorias electorales.

Para defenestrar al gobierno del general Juan José Torres, se confabularon muchos poderes extranjeros a órdenes del entonces embajador yanqui, Ernest Siracusa. Los presidentes de Brasil (Ernesto Geisel) y de Argentina (Alejandro Agustín Lanusse) y los empresarios privados de Chile y Perú aportaron gente, armas y dinero para la aventura golpista de los opositorios (sic) bolivianos.

Desde muchos meses antes veíamos trajinar en La Paz y en Santa Cruz a turistas jipis gringos, excombatientes de Vietnam, marines que adiestraban los fines de semana en Achocalla y Río Abajo a falangistas y movimientistas, francotiradores que debutaron el 21 de agosto de 1971.

Para el caso, el presidente Torres no tenía fuerza política ni militar que lo sustente, excepto algunos periodistas visibles cerca del Palacio Quemado. A la hora de la hora, todos los regimientos de Bolivia, excepto el Colorados de Bolivia, se auparon al golpe fascista a cambio de la gran dolariza que soltaron  los empresarios adquirentes de esos servicios armados, según confesión de un patrón apellidado Gasser a la TV de Bonn, Alemania.

En la Asamblea Popular, trotscos y lechinistas se mechaban los cabellos frente al pobre Jota Jota (al que llamaban el Kèrenski boliviano, sin él saber siquiera quién era aquél); según los marxistones Filemón Escóbar (Filipo) y Guillermo Lora, el proletariado estaba a un palmo de tomar por asalto el Palacio de Invierno, pero Torres no se quería mover de allí… Bah.

Ese cuadro de catastrofismos parece repintarse hoy. La embajada yanqui confabula sin pudores; dos fascistas manejan Argentina y Brasil; y los patronazgos chileno y peruano podrían barajar su billetiza para lo que se les ofrezca, si se les pide. Todo igual que entonces, solo que… ahora hay un pueblo bien despierto a la realidad democrática y al futuro cargado de cambios sociales. (más…)

Clamor por la vuelta al mar

El pasado diciembre, en una cafetería de El Prado cochabambino,  acordamos encarar un proyecto urgente: apoyar, con lo que sabíamos hacer, la demanda boliviana por una salida soberana al mar ante la Corte Internacional de Justicia, CIJ, de La Haya. Hoy, siete meses después, tenemos el producto terminado, un cidí con doce canciones sacadas de la memoria histórica sobre pueblos, costas, puertos, ciudades y recursos naturales del Litoral que nos usurpó Chile desde 1879.

Señas y pruebas: tres compositores de gran nivel,  Marco Lavayen, Rolando Malpartida y Julio Alberto Mercado, y un poeta metido a letrista, yo, pactamos componer un cancionero que interprete el clamor por la vuelta al mar, dado que nuestra arcaica demanda de reposición marítima había dejado de ser un pleito de vecindario y estaba ya en el conocimiento mundial ante Naciones Unidas, en La Haya.

Ahora tenemos doce temas para que la gente las cante en sus variaciones de suite, tincu, bailecito, cueca, salay, baguala, toba, joropo y otras modalidades. Un bello trabajo de los tres cantautores y sus grupos, al menos 24 instrumentistas escogidos de entre los mejores.

El disco Clamor por la vuelta al mar (doce oleadas sonoras del amartelo boliviano) fue hecho con el apoyo financiero de los ministerios de Comunicación, de Culturas y Turismo, y el Banco Unión, a gestión el magnífico periodista y gestor cultural Gastón Núñez.  El pasado lunes 13 lo presenté, cual debe, en La Paz, ante las máximas autoridades de esas dependencias, literales coproductoras: Gísela López, Wilma Alanoca y Rolando Marín, respectivamente.

Si el disco merece la aprobación formal, ojalá, seguirá la etapa de su difusión inmediata ante la opinión pública con distribución masiva de los cidís en el país, porque, además, se acerca el día en que la CIJ de La Haya anuncie su fallo sobre el delicado caso que, claro que sí,  removerá expectativas y conciencias en Bolivia y Chile, además de nuestro aliado histórico, el Perú.

Vuelvo al disco que, según promesa, será “bañado” de imágenes en vídeo. De las 92 estrofas que escribí se grabaron 77.  Así, los grupos de Lavayén, Malpartida y Mercado cantan que “la fe en la vida comienza cada día al despertar, cuando el boliviano reza: padre nuestro Litoral” (…) “Hay tres verbos en Bolivia que conjugan con el mar en la arena de la vida: reclamar, clamar, amar” (…) “Quiere Bolivia justicia, mar de amar-amartelar, solidaria con la vida: sol y dar y dad el mar” (…) “Libra esterlina y bala impulsan la traición, y se impone a la mala el Tratado de Ancón…”

El disco menciona a La Haya en unas cinco canciones: “Hemos aceptado el arbitraje de un Tribunal faro de verdad, queremos ser fieles al mensaje y volver en paz al Litoral” (…)  “Que el Tribunal de La Haya nos diga cómo avanzar con la ley y la esperanza de este clamor por el mar” (…)  “La palabra de La Haya debe ser justa y cabal para lavar en la playa la vieja ofensa imperial” (…) “Creo en La Haya, y su palabra debe ser puerta abierta al mar”.

No falta la alusión al vecino invasor: “Padecemos el despojo tras la sangrienta invasión, nos pusieron un cerrojo y estamos bajo prisión” (…) “Gobierno de La Moneda, moneda de tres caras: anversa, reversa y, la común, la perversa” (…) “En el nombre de la gente gritamos la indignación de Abaroa sobre el puente: ¡al carajo la invasión!” (…) “En Chile no hay libertad, mantienen, tienen  prisionero al mar”.

Y, claro, hay un salay, que es el baile que ahora  mueve al país. Dos  cholitas de Mizque entonan que “De Cobija hasta Tarija,  salay, queremos mar fija lija, salay” (…)…) “Pasamos años de años salay, sufriendo daños y daños, salay, ¡por una vecina angosta, elay, que se opone a toda costa, velay!”

Nos llevó tiempo y desvelos lograr este disco, pero ocurre que estamos esperando justicia por nuestro Litoral usurpado desde hace 139 años, caray.

Mantología/ JORGE MANSILLA TORRES

Vueltas y revueltas del plagio

Pero de plagios mayores y más importantes está repleta la historia de la gran literatura universal.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres *

Ya está otra feria del libro venteando la atmósfera que respiran autores y lectores en el interés de vender y comprar. Como un rito comercial inconmutable, la editorial jesuita Verbo Divino exhibirá en sus estantes la versión plagiada de mi libro Arriesgar el pellejo (Edit. Urquizo 1983) en un texto mañosamente titulado Arriesgando el pellejo, con la autoría de Francisco Dardichón.

Denuncié ese atraco aquí mismo, en este diario, en 2014, y nadie se dio por aludido (ni el autor trucho ni la editorial). El Servicio Nacional de Propiedad Intelectual (Senapi) ni se amoscó. Solo el tata Albó me gritoneó en la feria del libro de La Paz hace dos años. “¡Te equivocaste!”, me alzó la voz como si yo fuese su feligrés por haber acusado “al buen Dardi”. Ese episodio olvidable, porque hubo violencia verbal de ambos lados y ante decenas de testigos, paseantes de la feria, lo describí de pasadita en otro de mis escritos quincenales en La Razón el 2016.

Pero de plagios mayores y más importantes está repleta la historia de la gran literatura universal. Nada que ver con mi bronca parroquial con los curas y sus modos de ganarse indulgencias con las virtudes ajenas. Un analista acucioso y valiente, como fue don Humberto Vázquez Machicado, publicó un estudio descarnado de las marrullerías de escritores consagrados que, en la realidad, fueron vulgares rateros del esfuerzo y talento de otros escritores, pobres y sin fama.

Dicho autor boliviano reflotó, por ejemplo, las falsedades de Alejandro Dumas (padre) en su obra Los Tres Mosqueteros, plagio vil de un escrito de Courtil de Sandrao; de Eugenio Sué, quien vació un texto de Miguel Masson para su libro El Judío Errante. Alejando Dumas (hijo) se jaló en su obra La Dama de las Camelias un libro de Hipólito Auger. El admirado Gustav Flaubert se tiró un escrito de Paul Hotman para componer Salambó… Y así, muchos escritores clásicos fusilándose (como llaman los mexicanos al plagio vil) los trabajos de autores sin renombre o urgidos de dinero, maravillosos creadores de argumentos literarios, sin editor ni medios económicos a mano.

En su libro Los plagios de Pazos Kanki y de otros grandes escritores (Edit. Urquizo, 1991), que me regaló mi amigo el periodista Roberto Cuevas Ramírez, don Humberto Vázquez se muestra como un censor tronante de las trampas literarias que para ganar fama urdió Vicente Pazos Kanki, uno de los más importantes intelectuales anticolonialistas en el albor de la República de Bolivia.

Escritor, polemista, periodista, revolucionario, sacerdote, abogado; el altoperuano nacido en Ilabaya (La Paz) en 1779 se fue de aquí antes de cumplir 30 años y no regresó más. Tuvo una fulgurante vida política e intelectual en Argentina, España, Gran Bretaña y Estados Unidos, donde por un pelito (un voto) no fue elegido primer gobernador de las recién fundadas Floridas, hoy conocidas como Miami. No se sabe dónde ni cuándo murió. Lo último que se supo de él fue en 1852-53.

Los escritos de Pazos Kanki, a lo largo de casi 20 años, dice don Humberto, son copias de textos consagrados, entre otros, del Conde de Martignac, el gran estadista francés y otros célebres de la época. Aquel exclérigo, porque se hizo de esposa, se consagró a plagiar y plagiar sin necesidad aparente, porque tenía talento y visión para redactar textos políticos y, qué caray, porque al hacerlo tampoco ganó un centavo. Una vez que intervine en la Escuela de Escritores de la Sogem de México en una mesa redonda sobre el plagio, hablé incidentalmente de los raros afanes de Vicente Pazos Kanki. No faltó el crítico mordaz, Raúl Prieto, alias Nikito Nipongo, maestro del sarcasmo, que coronó mi charla con un comentario que me descuadró jocosamente: ¡Ah, dijo, ese don Vicente Plagios Kanki!

* es periodista

Cervantes, pese a las ignominias

El próximo 23 de abril será el Día del Libro, la Lengua  y los Derechos de Autor, fecha que alude a cuando, en 1616, murió don Miguel de Cervantes Saavedra, el padre del idioma castellano. Tres  festejos en  honor del  más desventurado  de los creadores literarios, un ser que anduvo vapuleado por la pobreza, la maledicencia y  la ingratitud, siempre.

Niño con hambre, Cervantes fue sacado de la escuela por tartamudo; su padre quiso evitarle el “bulling” y le ordenó no hablar en público y dedicarse solo a leer. En su juventud padeció cárceles y afrentas.  Los traficantes de gente lo encadenaron en Argel por medio año junto a unos moros convictos. Para ganarse  un dinero, Cervantes  se hizo soldado de paga, pero  en la batalla de Lepanto (1571)  las esquirlas de un cañonazo le hicieron perder el brazo izquierdo. Exigió ser indemnizado, pero España se burló de él  y le birlò el billete.

Por necesidad  se empleó como cobrador de impuestos y su severidad le ganó enemigos entre nobles y villanos. La iglesia lo excomulgó porque él quiso que los curas pagasen gabelas por el dinero que ganaban vendiendo el cielo. Acabó en la cárcel porque el banco donde depositaba las recaudaciones quebró y los  dueños usureros huyeron. Sus hermanas Magdalena  y Andrea se prostituyeron para pagar la fianza que le fijaron para salir libre.  Tuvo amoríos con Cilena, una lavandera, con la que procreó un hijo que se llamó Promontorio. Ella lo dejó, llevada de su desolación y pobreza.

Don Miguel solía presumir de su evidente capacidad intelectual y buscaba ingresar a los ateneos en procura, además, de un mecenas. Los cronistas y poetas de su tiempo  lo rechazaban con insultos. Hoy podría ser creíble  que el sardónico Quevedo le hubiese clavado un aforismo cruel:  los mancos recaudan más, porque roban solo la mitad.

Por huir de esa lastimante rutina, Cervantes pidió ser nombrado Corregidor de la Ciudad de Nuestra Señora de la Paz, fundada en el Nuevo Mundo 39 años antes. Su postulación empero fue rechazada en 1587  porque no tenía antecedentes nobiliarios. Alcurnia, pues. Y así era, Cervantes no había ni  acabado la escuela y los fisgones de currículos, alcahuetes del reino en todo tiempo  y lugar, le vedaron esa pretensión, privándonos también de haber tenido aquí como autoridad edil paceña nada menos que a ese genio.

Fue Cervantes un Quijote en la España sanchopancesca. En las horas previas a su deceso un monje le avis´ço que unos editores de Alemania y Holanda habían publicado (pirateado)  su libro del Quijote y los estabnan enviando a América. Ni un centavo de derechos de autor. Jamás ningún reconocimiento de la España que, desde hace 400 años, se perfuma la boca con el nombre del gran escvritor y lo exhibe como una de sus glorias creativa e intelectuales más renombradas. Murió don Miguel en situación de abandono y miseria. Su mortaja fúnebre fue la  sotana rotosa de un franciscano. Nunca se supo dónde quedaron sus restos.

Estaba en prisión, cuando Cervantes Saavedra compuso su enorme libro Aventuras del  ingenioso hidalgo  Don Quijote de La Mancha, novela polifónica  con todas las voces que hallaron acomodo en nuestra fabla; texto de gracia y tristeza, de realismo y fantasía, delirio y razón, verdad y mentiras. La vida, pues.

Esa gran novela me hizo  componer una décima testimonial que comparto:  La vez que leí el Quijote me provocó mucha risa, cierto, lo leí de prisa, pero qué gracia, qué dote del gran caballero al trote.  Lo leí de nuevo en coro y me ganó cierto azoro, me puse serio, muy serio. Hoy, lo digo sin misterio, leo Don Quijote y lloro.

(más…)

Clamor por la vuelta al mar

Con marzo nos viene el mar, bullente de historia, heroísmo civil y conciencia colectiva. Este mes será memorable por lo que vaya a decir la Corte Internacional de Justicia (CIJ), con sede en La Haya, sobre nuestro reclamo de encierro y bloqueo por Chile desde hace 139 años.

En Cochabamba nos hemos juntado tres compositores, un letrista y un promotor de arte y revolución para plasmar en un disco el clamor boliviano por la vuelta al mar, pero también para respaldar a nuestros coagentes en la CIJ. Marco Lavayén, Rolando Malpartida y Julio A. Mercado desplegaron su talento musical para arropar unas coplas mías. Trabajaron desde enero y estamos ya listos para grabar ese cancionero que tendrá las voces, instrumentos y coros de unos 50 artistas nuestros, los mejores.

Pero eso cuesta dinero. El periodista Gastón Núñez se puso al frente de la ardua campaña de recaudar fondos entre personalidades e instituciones oficiales y privadas del país, que aquilaten nuestra iniciativa artístico-ciudadana y estén dispuestas a invertir en el emprendimiento que hemos llamado Clamor por la vuelta al mar.

Es cierto que nadie tiene un presupuesto a priori para apoyar proyectos fortuitos y loables como éste, pero estamos encontrando autoridades con voluntad y fe, dispuestas a ayudarnos en los gastos de grabación, edición y difusión del producto sonoro. En ese CD afirmamos que en 1879 no hubo guerra, sino invasión, que no padecemos mediterraneidad, como Paraguay, sino un brutal bloqueo de La Moneda que, además, nos saquea desde el siglo pasado las aguas del manantial Silala y el río Lauca.

En mi caso, tengo historias de éxitos con los tres cantautores. Con Lavayén (Savia Sur) y Mercado (Canto popular, Aysana) hicimos dos cantatas para Cochabamba (2010 y 2012) y nueve cantos folklóricos. Con Rolando, exkjarka, compusimos tincus, kaluyos, morenadas, kantus y la célebre Cueca de dos siglos para la ciudad del valle.

Pronto, pues, apareceremos con los sonidos del mar y para el mar. En uno decimos: “La fe en la vida comienza cada día al despertar, cuando el boliviano reza: Padre nuestro Litoral”. En otro: “Hay tres verbos en Bolivia que conjugan con el mar, oraciones de la vida: reclamar, clamar, amar”. Un bailecito: “Cansados de la OEA, pintamos nuestra raya, nos fuimos a La Haya, a seguir la pelea”. Un huayño: “En Chile no hay libertad, si tiene y mantiene prisionero al mar”. Y un tincu: “La boliviana llegó a la playa y muy contenta quiso nadar, vino la ola, le dijo hola, sé bienvenida al viejo mar…”.

Serán 10 canciones o más, si a esa oleada reivindicativa se suman, como prometen, 10 cantantes tarijeñas, Las Mochas Copleras, que en tonadas con erke y caja corean, por ejemplo, “Voy a navegar de frente, si el mar me han devolver, porque es cosa diferente… navegar por internet”.

Van otras dos coplas de las 70 que tendrá el clamor: “Llantofagasta querida, te prometo no llorar, contigo no hay despedida si sé cómo retornar// Ay mare nostrum saudade de imposible realidad, sin ti nacemos sin madre, pero con identidad”.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

 04 de marzo de 2018

(más…)

Memorial de la Entrada

¿Qué pasa si el espíritu del pueblo se cansa del silencio y la rutina? Pasa que camina a la avenida, limpia la sangre de los atropellos y convoca ritualmente a sus ancestros, pasa que las penas pierden su orientación y mala vibra, pasa que se hace cóndor, toro, diablo y, en su ajayu feliz, al país bravo se le salen los sueños por la Entrada.

En cada fiesta ejercemos el duende, la máscara esencial, la practicada coreografía de la farsa: el Carnaval de Oruro, la Urkupiña, Señor del Gran Poder, el Carnaval de antaño del sucrense. la Entrada del Ch’utillo potosino, la Asunta de Llallagua y San Miguel de Uncía, el Carnaval de cambas con sus precas, la fiesta de Comadres en Tarija, el Chope fiesta, el último convite, Corso de corsos en la altiva Llajta, la Ck’oa ritual de los Martes de Ch`alla, la Entrada universitaria y todo-todo con comparsas masivas de ropas ostentosas, fechas a devoción del alter ego que heredamos del mito y de la historia.

Nos baila el Diablo, dios disperso en su propia inocencia, salta el Toba con el favor del aire y el Kullawa, tejedor milenario, al otro extremo del Pepino que ahuyenta la tristeza. Van los Ch’utas en contra del olvido con el Auki auki y sus eternidades, danzamos con el sol y con la nieve del Llamero tenaz y compulsivo… Somos bajo el disfraz el testimonio, el hálito del pueblo que no muere.

Encadenados vamos cuesta arriba con los Morenos y al revés de la brisa de los Suri sicuris con sus crestas de plumas de ñandú; en la reyerta multitud de Potolos libran Tincus de iumemorial rencor. Somos los Negritos que tundiquean junto a los Kusillos, somos la Waca waca que libera al toro de la barbarie (leche en lugar de sangre). Danza el sabio pueblo y con la Saya ensaya su jolgorio.

El Caporal es nuestro gran deseo de libertad, él diseña en la ñufla el porvenir, aunque los Doctorcitos den dos pasos atrás en son de burla. Ochenta bandas de sonoro bronce compiten con el tono de los sicus y el dulzor de las quenas en el viento. Todo es enigma en la avenida absorta y de tanto pensar en estas cosas me baila el pensamiento cuando pienso.

Somos la gente que hace crecer la fiesta con los amigos, compadres y vecinos. Somos el preste que arriesga lo que vale por su prestigio y nombre conocidos. Practicantes del ayni, mutua ofrenda, festividad común identitaria lo mismo en Occidente que en la vasta Amazonía de plaza llena, con los santos patronos de la selva y los ríos de gente alborozada.

Sea alabada la liturgia laica del Carnaval. Sea nombrado el genio ch’ucuta picoverde fosforito, quirquincho de arenal uru encendido, camba dichoso amparado en su banda, potoco legendario tabuquillo, docto chuquisaqueño karapanza, chapacu alzau a lo largo del erke, fecundo maipillapis del kochala… ¡Memorial de la Entrada boliviana con el ajayu flameando en la wipala!

* Publicado en La Razón de La Paz, Domingo 4 de febrero 2018.

Santa Veracruz Tolata…

El 20 enero de 1974,  cumpliendo instrucciones del FMI el gobierno del general Banzer decretó una elevación de precios para los artículos de primera necesidad; de inmediato  subieron los costos de otros productos, como los insumos agrícolas.  El 24 de enero, campesinos del Valle Alto bloquearon en protesta la vía Cochabamba-Santa Cruz, con focos en Quillacollo y Sacaba.  El 28, Banzer impuso el Estado de sitio y el  día 29, tanques de guerra del Tarapacá y tropas del CITE dispararon a la multitud en Tolata y Epizana. Murieron 16 agricultores (se dijo que fueron más),  43 quedaron heridos y 21, presos.

Con tamaña matanza se hizo añicos el Pacto militar-campesino que en 1966  impuso otro tirano, el dictador con botas Barrientos Ortuño, para reprimir la insurgencia obrera y popular contra la dictadura proimperialista. (más…)

Romance de Amayapampa*

21 coplas en el nombre del oro y sus perversiones

(En diciembre de 1996, hace 21 años, hubo una matanza
de pobladores originarios en Amayapampa, allí donde comienza
el Norte de Potosí, por la posesión del oro. Reproduzco lo que escribí
en esos días para que la memoria histórica boliviana siga fresca y en guardia)

A los juglares nos toca contar historias reales con palabras remendadas
y versos artificiales. Tengo un nudo en la garganta siempre que nombro el destino de las riquezas mineras en el norte potosino.

Este es el primer romance de otra matanza que ha sido contra la gente más pobre sobre el suelo enriquecido. Lugar: Ayllu Chayantaka. Fecha: Día 22. Diciembre 96. Testigos: la piedra y Dios.

Charanguito bien punteado para avisar que aquí cerca, en Kapacirca y Amaya, la gente se ha puesto terca.

Desde hace 500 años es dueña de un yacimiento áureo, privatizado
recién por el Movimiento. Entonces una ordenanza fue enviada al general que se puso firme y dijo: ¡es su orden, mi capital!

Y desplegaron soldados de La Paz, de Potosí, de Oruro, como a la guerra. No me contaron, lo vi. Antes de la Nochebuena Reyes Magos del azoro quemaron incienso y mirra en el pesebre del oro.

Charanguito zapateado; La plata, el oro, el estaño, nunca fueron de Bolivia, siempre de un poder extraño.

Detrás de Aymaya y Chayanta, como si fuera una rampa, el ejército tendió la muerte como una trampa. A los que escupieron fuego ni se les movió la cara, en Kapasirca mataron como si nada importara.

La muerte bailó su tincu como en el 65, como en San Juan, en Tolata, igual y un poco distinto. Si quieren más referencias del sangriento sucedido, por la Radio Pío Doce la historia no se ha perdido.

Charango kalampeadito, airampo de color fino, vivir es morir al tiro en el norte potosino.

No sé si les gustará que siga con esta historia, pero en Bolivia la vida
es olvido y es memoria. Anteayer fue por la plata, ayer fue por el estaño
esta tarde por el oro… ¡Ay país del desengaño!

De Aymayapampa hacia arriba están Panakachi y Kari, territorios del suplicio de los hermanos Katari. Y aquí no les voy a hablar de Llallagua y Siglo Veinte, de sus cien años de sangre no faltará quién les cuente.

Charanguito en temple diablo, siempre hemos sabido cómo los entreveros del oro se solucionan con plomo.

Murieron 26 gentes, ejecutadas ahí mismo por las armas de la patria y el neoliberalismo. Generales, coroneles y toda la patriotada sintetizada en un nombre: Goni Sánchez de Lozada.

Paisano, aquí pongo fin a este testimonio fiel, vieja historia de Caín que sigue matando a Abel.

*Texto publicado en el diario La Razón de La Paz, el miércoles 27 de diciembre de 2017

Somos porque nos acordamos*

Despertamos al día y somos de nuevo palabra y acción, gracias a que nos acordamos. Si no fuera por el recuerdo no asumiríamos la responsabilidad de la vida ni la conciencia de mantenernos vivos, con dignidad y sentido de futuro, criterios que no tienen las plantas ni los animales.

Somos, por la memoria. Estamos solo por los recuerdos que tenemos y mantenemos vigentes. Porque nos acordamos asumimos la palabra. Somos los únicos seres terrestres que buscamos entendernos afirmados en el recuerdo y en los alcances y cuidados de la palabra.

En esa evidencia tiene sentido hablar de la resurrección. Nos renacemos a cada rato. Parece una paradoja, pero resucitamos cada día sin haber muerto en la víspera, porque la memoria nos envuelve en su manto de pervivencia. Seguimos siendo en testimonio porque estamos siendo testimoniales. El recuerdo nos hace ser trashumantes, que metafóricamente es la gente que va detrás del humo de su memoria histórica. Trashumante es el que en su horizonte ve la llama que emana del fuego de sus ideales o experiencia.

El recuerdo incita a volver, incluso para olvidar. Y, así, la trashumancia es punto de partida y meta final también para los que emigran. Nadie que tenga necesidad de irse de lo que bien ama será presa del olvido y menos de la infausta resignación de morir lejos, si tiene la evidencia de que debe la vida a quienes lo concibieron con amor y fue dotado de sentido de patria y pertenencia.

Trashumantes somos los bolivianos que en la lejanía añoramos, hasta el incontenible nivel de la lágrima, el humo de la cocina de nuestras madres;trashumante es quien avizora el humo que emana del fogón de sus recuerdos, llama que a mayor distancia se hace más alta y gruesa porque la recarga con sus propias melancolías. La distancia no es ausencia.

El que regresa vuelve para habitar los espacios que le conservaron los recuerdos. Y es cosa de ocupar esos lugares con lo único propio y valedero que acumuló en el tiempo: la palabra.

Enmendamos o corregimos falencias e ingratitudes causadas en otro tiempo con la palabra manifestada en aires de perdón o de sincera disculpa. Lo hacemos porque queremos volver a estar de acuerdo, incluso con los que no estamos de acuerdo, que de eso se trata la vida
sobre la tierra.

La palabra sostiene la esperanza del que vuelve con la misma convicción con que en otro tiempo le mantuvo la discrepancia. La palabra bien manejada nos conduce en la tolerancia y la prudencia, sin falta de sinceridad.

Por eso asumimos a diario el trance de coexistir sin riesgos de muerte ni pompas de milagro. Estamos hechos de palabras. Somos la palabra, “la gloria de la lengua” que dijo el Dante. Si decae la palabra se degrada la condición humana.

Únicamente nosotros podemos mantener flameando las banderas del lenguaje en el viento del diálogo. La palabra es la mayor conquista del ser humano. Nunca y nadie más alcanzó la victoria, arte y proeza de hablar para comunicarse, para darse a entender o desbaratar lo que se le muestra como misterio o dogma. Y echamos mano de la buena voluntad o la inteligencia convivencial gracias a que nos acordamos, recordamos, con la herramienta de la palabra.

He de ofrecer disculpas (no pedirlas) a los lectores de esta columna quincenal en el diario La Razón por el improvisado hilván de estas acepciones, que tal vez orillan con lo tautológico, porque también deseo que amparen (no que expliquen) mi retorno definitivo al país, donde ya estoy desde hace dieciocho días.

Y es aquí, en mi patria, donde quiero acabar de vivir armado de la palabra, en el parapeto de los recuerdos y munido del suficiente parque de memoria histórica. Gracias.

* Publicado en La Razón de La Paz, Bolivia, el miércoles 13 de diciembre de 2017

De sequías y otras sequedades

Ahora que en gran parte del sur boliviano, Sucre en especial, se cierne la sequía como una maldición anual insalvable, procede remarcar la obra de unos constructores de tanques de almacenamiento de agua de lluvia, cisternas de 12.000 litros de capacidad cada una, propicias para “cosechar” el líquido vital; es decir, procesar su purificación con filtros elementales en favor de la salud y provecho de los pueblos. Me tocó ver hace poco en el sur de Potosí al menos 500 de esos tanques construidos por la empresa Don Goyo, a la vera de las casas de vecinos en Toro Toro, Tacobamba, Betanzos, Ravelo, Chuquiuta y otros poblados. Enaltece escuchar los testimonios de los beneficiarios: “tengo 75 años de edad y desde mis ocho iba hasta dos veces al río, caminando 15 minutos, para traer el agua en estos dos baldecitos. Ahora el agua está aquí, en mi puerta. Mi vida ha cambiado, pues…”, y otras declaraciones con ese tenor.

En estos dos últimos años se han construido más de 1.400 tanques en aquella región del deprimido sur potosino, pero pienso que otras 100 regiones bolivianas (en Yungas, el Chaco, Tarija y todo el oriente) están esperando ese apoyo concreto a la vida, esa tamaña obra para corresponder al respeto que se le debe a la gente en sus demandas de dignidad y justicia. Decía Marx que el trabajador merece más respeto que pan o salario. Ha de ser reconfortante y ciertamente revolucionario que se construyan esos tanques de agua (cisternas) en escuelas y colegios, en parques, ciertas placitas o caminos de tránsito popular. Digo. Que el Gobierno siga alentando ese modo de liberar a la gente necesitada, agraviada por la pobreza secular y el abandono social de lo que fue la llamada república, pinche Estado aparente, ya superada con la plurinacionalidad.

Escribí todo lo anterior para ligarlo al recuerdo de una proeza cultural que hace 33 años logramos en México unos bolivianos solidarios con miles de pobladores del norte potosino afectados por una sequía de casi cuatro años. No llovió por más de 1.000 días y la vida se hizo pedazos en Uncía, Chayanta, Macha, Pocoata, Colquechaca y otras 10 regiones. Los pobladores emprendieron el éxodo por millares, cargando niños, abuelos y frustraciones.

Fue cuando seis universitarios bolivianos que, sin dejar de lograr una profesión, aceptaron mi propuesta de grabar un disco, una cantata que reflote el drama de los indios norpotosinos. El disco Sequía (Grupo Calicanto y Coco Manto) se grabó en Pentagrama luego de siete meses de traumáticos ensayos y broncas económicas. Los jóvenes músicos coronaron sus estudios y hoy son el médico Jaime Ortiz; los economistas José María Pantoja, Fidel Carlos Flores y Pablo Guzmán; y los ingenieros Dámaso Rivero y Cenobio Quino. Honor a ellos, sus voces, charangos, ronrocos, bombos, sicuris, guitarras, quenas, etc. Y en los coros, compatriotas como Quica Ortiz, Martha Beatriz, Mariel del Carmen y Pablo Ernesto. Dos mexicanos solidarios, músicos de alto nivel, orlaron esa producción: el tecladista Federico Luna y la chelista Henriqueta Aragón. Yo leí mis textos poéticos alusivos a esa tragedia social que desgraciadamente se repite en nuestro país.

Ese elepé (LP), hoy perdido en la memoria, sirvió para catapultar al Grupo Calicanto, que fue invitado al 12º Festival Cervantino de Guanajuato, aparte de unas 20 presentaciones en universidades, casas de cultura y teatros en todo el país. La temática de Sequía daba para plantear la solidaridad y replantear la vida junto a los más pobres.

“En las esquinas del hombre se abrirán nuevos caminos, la gratitud de la lengua y de los primeros himnos dará la historia sonora a los pentagramas indios. Solo nosotros te digo ya no podremos ser otros. En aquel tiempo tan nuevo tendremos que hablar muy poco porque fuimos destinados a ser voz de lo remoto. Iremos pisando leve sobre las cosas sencillas, celosos de nuestros muertos, porque así fue nuestra vida. La cicatriz, amor mío, se acuerda bien de la herida”.