Letras para el cambio

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Ayer, en el panteón La Concordia del camino a Quillacollo vi en una tumba el nombre de Rodolfo Von Borries, ingeniero electrónico que fue de Radio Pío XII de Siglo XX. Por él supe, en mis inicios de periodista, años sesenta, que las radioemisoras estaban sometidas en su desparpajo de libertad a la dictadura de la tecnología que era importada, como hoy, pero entonces selectiva y con grandes restricciones. Las casas importadoras (Hansa, Intermaco et al) de plantas de transmisión, micrófonos, grabadoras y hasta agujas para discos lo hacían en obligada consulta con el gobierno que les proveía las divisas (dólares marcados) para esos negocios.
En ese aire, las radios mineras sindicales tenían que someterse a las condiciones bajo reserva de los gerentes importadores -coimas, para tapar el “favor personal” o “el riesgo de clausura de su empresa”- si querían comprar repuestos que les permitan seguir funcionando sin salvarse de su condenada marca de ilegales y clandestinas.
En 1965 era yo el director de Radio Vanguardia de Colquiri y acompañé a los dirigentes sindicales a una casa importadora de La Paz para adquirir discos y ciertos aditamentos técnicos. Fui testigo mudo e impotente del sobreprecio que se cobraron los gerentes comerciales por venderle a una radio extremista, como la nuestra, literales armas de fuego, ergo micrófonos. Regresamos al distrito minero con silencio avergonzado porque no se iba a avisar de eso a los trabajadores reunidos en asamblea general.
Ah, querido Rodo Von Borries. Ah, tiempos esos, tan amargos e imborrables.

El Yuppie y la Flauta

 

-¿De dónde vienes? –dijo el viejo-. El Yuppie infló el pechito y respondió a mansalva: -De Harvard, don Jacinto.
Se me hizo de muy mal gusto presumir así, de entrada nomás, con semejante patochada (sic) ante un apacible provinciano que nos recibía en su casa como huéspedes.
–¿Y dónde queda eso? –inquirió el anfitrión destapando unas cervezas de bienvenida.
–Oh, lejos, don Jacinto -respondió el ensoberbecido-. Bien lejos de aquí y muy caro.
El infeliz me miró convocándome a la complicidad con un guiño: -¿Harvard estará a unos 500 años de saberes, ciencia y cultura de este pueblito? ¿Qué dices tú?
No supe qué responder, pero ya estaba sintiendo que mi bronca por el baboso jarvardiano me subía desde los tobillos. Sobrador de porquería. Somos primos y don Jacinto es tío nuestro. De niños, veníamos ambos a esta hacienda, de vacaciones, traídos por nuestros padres. Éramos felices trepando árboles, corriendo al cerro, jugando en la lagunita. Pero ahora el Yuppie, desclasado, miraba todo con mohines de asco.
Lo llamamos el Yuppie a pedido de él, desde que llegó de los Yúnais. Ese apelativo en inglés significa, creo, young university professional people. Pinche altanero.
El viejo nos ofreció la espumante cerveza y con el dejo natural de las melancolías comentó que le alegraba vernos y en especial a Fernandito, así dijo, porque, pues, te fuiste al exterior muy jovencito y que bueno que ya volviste al país, porque es de buenos hijos volver al solar nativo y…
El Yuppie oía sin escuchar, mirando con molestia a cualquier parte de la modesta estancia. El tío siguió con que seguramente a tu papá le habría gustado verte así, como te ves, tan desenvuelto y capaz…
–Oh, sí –interrumpió el Yuppie, sin pizca de sentimiento-. Mi viejo murió cuando yo tenía quince años.
–El corazón; fue fulminante, qué pena-, dijo el tío, y luego: ¡salud, salud, bienvenidos, hijos! y dio un sorbo a la espumante. Bebimos todos y luego se alzó un silencio incómodo. Yo no atinaba a decir nada y peor aquél, ajeno, ido, que se puso a mirar el patio por la ventanita.

Tosió el viejo como para aclararse la voz y habló penosamente:
-Al poco tiempo de la muerte de mi hermano Víctor, toda tu familia se mudó a la ciudad, a la casa de Elvira, tu santa mamacita que en paz descanse, Nandín.
Nandín, así llamábamos a Fernando en aquellos años. El déspota seguía sin palabra para nadie y el silencio se atrevió a hacerse oír más pesado entre los tres. Creí obligado decir cualquier cosa y musité: gracias, querido tío, por recibirnos en esta casa de tantos buenos recuerdos para nosotros… y ¡salud!”.
Al ver que el Yuppie ni se amoscabas, allí, en el fondo de la salita, le dije con sorna: ¡Salud, doctor!
–¿Doctor? ¿Eres doctor? –se iluminó el viejo-. ¡Qué bueno, Nandín! Mira qué buena suerte que hayas venido. ¿Sabes qué, hijo? Hace unas dos semanas me empezaron unos dolores aquí por la cintura y cuando me agacho ya casi no me puedo enderezar porque…
–¡No, no, don Chinto! –cortó aquel con molestia-. No soy doctor de… de…¡de esas cosas! – Por un momento pensé que iba a decir de esas huevadas.
El viejo, detenido tan en seco, frunció el ceño y tragó saliva. El Yuppie, en la consagración de su petulancia habló para diplomar su vanidad: Tengo un doctorado en econometría, en Harvard, como ya dije.
El tío sorbió lentamente su cerveza, se relamió los labios y limpiándose la boca con la manga de la camisa habló como en sus tiempos de vocero que fue de la familia.
–Mira, Nandín, seré muy viejo e ignorante, pero aquí, en el pueblo y en los buenos tiempos, había dos clases de doctores: los matasanos y los buscapleitos. O sea, médicos y abogados. ¿Ahora hay otra clase de doctores?
Antes de que el Yuppie se mande otra de sus babosadas intervine:
-Querido tío, cuando uno excava y excava la tierra y encuentra vasijas antiguas, de barro, es un doctor en antropología; si otro especialista entra en una cueva, se pone a investigar edades de la tierra y sale con olor guano es un doctor en espeleología…
En eso saltó el Yuppie: ¡Si manipula gente y sociedades por años y años es un doctor en sociología! Dio unos pasos hasta mí y mirándome fijamente, remarcó las sílabas de su dicho: Si luego de decir que estudia la sabiduría sale con que solo sé que no sé nada, puede decirse que es un doctor en filosofía, ¿no es cierto?
El tío Jacinto tomó el último trago de su chela, se rascó la cabeza y achinando la mirada le preguntó: -Tú, ¿en qué dices que eres doctorado?
-Soy doctor en economía. Déjeme explicarle sencillito, don Chinto. Estudié en Harvard para sanear las finanzas públicas…
-¡Ah, como la Fili! –se iluminó el viejo provinciano-. ¿Se acuerdan de la Fili, chicos?
-Yo, sí –dije-. Esa buena moza a la que la gente malpensada le decía la Flauta, ¿no?
-¡Esa! Felicia, la de la tienda –dijo el viejo frotándose las manos como envolviendo un íntimo gozo. Y en eso, sorpresivamente, el interés del Yuppie
-¿Qué pasó con la Fla… la Fili?
–Pues… se hizo pública y saneó todas sus finanzas –repuso el viejo. Y antes de que el Yuppie reaccionara ante tamaño sopapo verbal:
-Pero, la Fili no nos decía que era doctorada, aunque dejó a muchos en la ruina…

Artículo en LA Razón, Bolivia. Domingo 14 de octubre, 2018

Mantología: JORGE MANSILLA TORRES

 

Canto y versos en la víspera

Hace nueve días presenté en La Paz el disco Clamor por la Vuelta al Mar, imaginado, compuesto  y logrado en Cochabamba con artistas de la Llajta.  Ese acto de entrega fue el corolario del compromiso suscrito con los organismos gubernamentales coproductores y  ocurrió el viernes 21 en la Casa Grande del Pueblo.

La ministra de Comunicación, Gisela López, y el canciller Diego Pari  fueron los recipiendarios del producto que coptó los talentos creativos y el tiempo de tres compositores musicales durante ocho meses, desde enero pasado. También contamos para ello con el patrocinio de la ministra de Culturas y Turismo, Wilma Alanoca, y del gerente general del Banco Unión, don Rolando Marín.

La entrega de ese aporte al cancionero popular por el mar ausente se enmarcó venturosamente en la víspera de lo que mañana lunes 1 de octubre vaya a decir la Corte Internacional de Justicia de La Haya acerca de la injusta mediterraneidad que nos impuso Chile,  tras el asalto en descampado del 10 de febrero de 1879 sobre nuestra ciudad de Antofagasta y  por la posterior usurpación de todo el departamento del Litoral, al oeste del país.

Al viajar el pasado viernes a la ciudad de los teleféricos tenía en mente cumplir del modo más simple y protocolario con la entrega de ese disco trabajado  por los músicos Marco Lavayén, Rolando Malpartida y Julio Alberto Mercado con la participación de sus entornos artísticos, más de treinta instrumentistas, cantantes de coros, solistas y técnicos de grabación, mezclado y masterización, a los que se pagó honorarios en común acuerdo. (más…)

Lo que se ve, se anota

La izquierda de las naciones circunvecinas a Bolivia está en la víspera de grandes victorias electorales.

Para defenestrar al gobierno del general Juan José Torres, se confabularon muchos poderes extranjeros a órdenes del entonces embajador yanqui, Ernest Siracusa. Los presidentes de Brasil (Ernesto Geisel) y de Argentina (Alejandro Agustín Lanusse) y los empresarios privados de Chile y Perú aportaron gente, armas y dinero para la aventura golpista de los opositorios (sic) bolivianos.

Desde muchos meses antes veíamos trajinar en La Paz y en Santa Cruz a turistas jipis gringos, excombatientes de Vietnam, marines que adiestraban los fines de semana en Achocalla y Río Abajo a falangistas y movimientistas, francotiradores que debutaron el 21 de agosto de 1971.

Para el caso, el presidente Torres no tenía fuerza política ni militar que lo sustente, excepto algunos periodistas visibles cerca del Palacio Quemado. A la hora de la hora, todos los regimientos de Bolivia, excepto el Colorados de Bolivia, se auparon al golpe fascista a cambio de la gran dolariza que soltaron  los empresarios adquirentes de esos servicios armados, según confesión de un patrón apellidado Gasser a la TV de Bonn, Alemania.

En la Asamblea Popular, trotscos y lechinistas se mechaban los cabellos frente al pobre Jota Jota (al que llamaban el Kèrenski boliviano, sin él saber siquiera quién era aquél); según los marxistones Filemón Escóbar (Filipo) y Guillermo Lora, el proletariado estaba a un palmo de tomar por asalto el Palacio de Invierno, pero Torres no se quería mover de allí… Bah.

Ese cuadro de catastrofismos parece repintarse hoy. La embajada yanqui confabula sin pudores; dos fascistas manejan Argentina y Brasil; y los patronazgos chileno y peruano podrían barajar su billetiza para lo que se les ofrezca, si se les pide. Todo igual que entonces, solo que… ahora hay un pueblo bien despierto a la realidad democrática y al futuro cargado de cambios sociales. (más…)

Clamor por la vuelta al mar

El pasado diciembre, en una cafetería de El Prado cochabambino,  acordamos encarar un proyecto urgente: apoyar, con lo que sabíamos hacer, la demanda boliviana por una salida soberana al mar ante la Corte Internacional de Justicia, CIJ, de La Haya. Hoy, siete meses después, tenemos el producto terminado, un cidí con doce canciones sacadas de la memoria histórica sobre pueblos, costas, puertos, ciudades y recursos naturales del Litoral que nos usurpó Chile desde 1879.

Señas y pruebas: tres compositores de gran nivel,  Marco Lavayen, Rolando Malpartida y Julio Alberto Mercado, y un poeta metido a letrista, yo, pactamos componer un cancionero que interprete el clamor por la vuelta al mar, dado que nuestra arcaica demanda de reposición marítima había dejado de ser un pleito de vecindario y estaba ya en el conocimiento mundial ante Naciones Unidas, en La Haya.

Ahora tenemos doce temas para que la gente las cante en sus variaciones de suite, tincu, bailecito, cueca, salay, baguala, toba, joropo y otras modalidades. Un bello trabajo de los tres cantautores y sus grupos, al menos 24 instrumentistas escogidos de entre los mejores.

El disco Clamor por la vuelta al mar (doce oleadas sonoras del amartelo boliviano) fue hecho con el apoyo financiero de los ministerios de Comunicación, de Culturas y Turismo, y el Banco Unión, a gestión el magnífico periodista y gestor cultural Gastón Núñez.  El pasado lunes 13 lo presenté, cual debe, en La Paz, ante las máximas autoridades de esas dependencias, literales coproductoras: Gísela López, Wilma Alanoca y Rolando Marín, respectivamente.

Si el disco merece la aprobación formal, ojalá, seguirá la etapa de su difusión inmediata ante la opinión pública con distribución masiva de los cidís en el país, porque, además, se acerca el día en que la CIJ de La Haya anuncie su fallo sobre el delicado caso que, claro que sí,  removerá expectativas y conciencias en Bolivia y Chile, además de nuestro aliado histórico, el Perú.

Vuelvo al disco que, según promesa, será “bañado” de imágenes en vídeo. De las 92 estrofas que escribí se grabaron 77.  Así, los grupos de Lavayén, Malpartida y Mercado cantan que “la fe en la vida comienza cada día al despertar, cuando el boliviano reza: padre nuestro Litoral” (…) “Hay tres verbos en Bolivia que conjugan con el mar en la arena de la vida: reclamar, clamar, amar” (…) “Quiere Bolivia justicia, mar de amar-amartelar, solidaria con la vida: sol y dar y dad el mar” (…) “Libra esterlina y bala impulsan la traición, y se impone a la mala el Tratado de Ancón…”

El disco menciona a La Haya en unas cinco canciones: “Hemos aceptado el arbitraje de un Tribunal faro de verdad, queremos ser fieles al mensaje y volver en paz al Litoral” (…)  “Que el Tribunal de La Haya nos diga cómo avanzar con la ley y la esperanza de este clamor por el mar” (…)  “La palabra de La Haya debe ser justa y cabal para lavar en la playa la vieja ofensa imperial” (…) “Creo en La Haya, y su palabra debe ser puerta abierta al mar”.

No falta la alusión al vecino invasor: “Padecemos el despojo tras la sangrienta invasión, nos pusieron un cerrojo y estamos bajo prisión” (…) “Gobierno de La Moneda, moneda de tres caras: anversa, reversa y, la común, la perversa” (…) “En el nombre de la gente gritamos la indignación de Abaroa sobre el puente: ¡al carajo la invasión!” (…) “En Chile no hay libertad, mantienen, tienen  prisionero al mar”.

Y, claro, hay un salay, que es el baile que ahora  mueve al país. Dos  cholitas de Mizque entonan que “De Cobija hasta Tarija,  salay, queremos mar fija lija, salay” (…)…) “Pasamos años de años salay, sufriendo daños y daños, salay, ¡por una vecina angosta, elay, que se opone a toda costa, velay!”

Nos llevó tiempo y desvelos lograr este disco, pero ocurre que estamos esperando justicia por nuestro Litoral usurpado desde hace 139 años, caray.

Mantología/ JORGE MANSILLA TORRES

Vueltas y revueltas del plagio

Pero de plagios mayores y más importantes está repleta la historia de la gran literatura universal.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres *

Ya está otra feria del libro venteando la atmósfera que respiran autores y lectores en el interés de vender y comprar. Como un rito comercial inconmutable, la editorial jesuita Verbo Divino exhibirá en sus estantes la versión plagiada de mi libro Arriesgar el pellejo (Edit. Urquizo 1983) en un texto mañosamente titulado Arriesgando el pellejo, con la autoría de Francisco Dardichón.

Denuncié ese atraco aquí mismo, en este diario, en 2014, y nadie se dio por aludido (ni el autor trucho ni la editorial). El Servicio Nacional de Propiedad Intelectual (Senapi) ni se amoscó. Solo el tata Albó me gritoneó en la feria del libro de La Paz hace dos años. “¡Te equivocaste!”, me alzó la voz como si yo fuese su feligrés por haber acusado “al buen Dardi”. Ese episodio olvidable, porque hubo violencia verbal de ambos lados y ante decenas de testigos, paseantes de la feria, lo describí de pasadita en otro de mis escritos quincenales en La Razón el 2016.

Pero de plagios mayores y más importantes está repleta la historia de la gran literatura universal. Nada que ver con mi bronca parroquial con los curas y sus modos de ganarse indulgencias con las virtudes ajenas. Un analista acucioso y valiente, como fue don Humberto Vázquez Machicado, publicó un estudio descarnado de las marrullerías de escritores consagrados que, en la realidad, fueron vulgares rateros del esfuerzo y talento de otros escritores, pobres y sin fama.

Dicho autor boliviano reflotó, por ejemplo, las falsedades de Alejandro Dumas (padre) en su obra Los Tres Mosqueteros, plagio vil de un escrito de Courtil de Sandrao; de Eugenio Sué, quien vació un texto de Miguel Masson para su libro El Judío Errante. Alejando Dumas (hijo) se jaló en su obra La Dama de las Camelias un libro de Hipólito Auger. El admirado Gustav Flaubert se tiró un escrito de Paul Hotman para componer Salambó… Y así, muchos escritores clásicos fusilándose (como llaman los mexicanos al plagio vil) los trabajos de autores sin renombre o urgidos de dinero, maravillosos creadores de argumentos literarios, sin editor ni medios económicos a mano.

En su libro Los plagios de Pazos Kanki y de otros grandes escritores (Edit. Urquizo, 1991), que me regaló mi amigo el periodista Roberto Cuevas Ramírez, don Humberto Vázquez se muestra como un censor tronante de las trampas literarias que para ganar fama urdió Vicente Pazos Kanki, uno de los más importantes intelectuales anticolonialistas en el albor de la República de Bolivia.

Escritor, polemista, periodista, revolucionario, sacerdote, abogado; el altoperuano nacido en Ilabaya (La Paz) en 1779 se fue de aquí antes de cumplir 30 años y no regresó más. Tuvo una fulgurante vida política e intelectual en Argentina, España, Gran Bretaña y Estados Unidos, donde por un pelito (un voto) no fue elegido primer gobernador de las recién fundadas Floridas, hoy conocidas como Miami. No se sabe dónde ni cuándo murió. Lo último que se supo de él fue en 1852-53.

Los escritos de Pazos Kanki, a lo largo de casi 20 años, dice don Humberto, son copias de textos consagrados, entre otros, del Conde de Martignac, el gran estadista francés y otros célebres de la época. Aquel exclérigo, porque se hizo de esposa, se consagró a plagiar y plagiar sin necesidad aparente, porque tenía talento y visión para redactar textos políticos y, qué caray, porque al hacerlo tampoco ganó un centavo. Una vez que intervine en la Escuela de Escritores de la Sogem de México en una mesa redonda sobre el plagio, hablé incidentalmente de los raros afanes de Vicente Pazos Kanki. No faltó el crítico mordaz, Raúl Prieto, alias Nikito Nipongo, maestro del sarcasmo, que coronó mi charla con un comentario que me descuadró jocosamente: ¡Ah, dijo, ese don Vicente Plagios Kanki!

* es periodista

Cervantes, pese a las ignominias

El próximo 23 de abril será el Día del Libro, la Lengua  y los Derechos de Autor, fecha que alude a cuando, en 1616, murió don Miguel de Cervantes Saavedra, el padre del idioma castellano. Tres  festejos en  honor del  más desventurado  de los creadores literarios, un ser que anduvo vapuleado por la pobreza, la maledicencia y  la ingratitud, siempre.

Niño con hambre, Cervantes fue sacado de la escuela por tartamudo; su padre quiso evitarle el “bulling” y le ordenó no hablar en público y dedicarse solo a leer. En su juventud padeció cárceles y afrentas.  Los traficantes de gente lo encadenaron en Argel por medio año junto a unos moros convictos. Para ganarse  un dinero, Cervantes  se hizo soldado de paga, pero  en la batalla de Lepanto (1571)  las esquirlas de un cañonazo le hicieron perder el brazo izquierdo. Exigió ser indemnizado, pero España se burló de él  y le birlò el billete.

Por necesidad  se empleó como cobrador de impuestos y su severidad le ganó enemigos entre nobles y villanos. La iglesia lo excomulgó porque él quiso que los curas pagasen gabelas por el dinero que ganaban vendiendo el cielo. Acabó en la cárcel porque el banco donde depositaba las recaudaciones quebró y los  dueños usureros huyeron. Sus hermanas Magdalena  y Andrea se prostituyeron para pagar la fianza que le fijaron para salir libre.  Tuvo amoríos con Cilena, una lavandera, con la que procreó un hijo que se llamó Promontorio. Ella lo dejó, llevada de su desolación y pobreza.

Don Miguel solía presumir de su evidente capacidad intelectual y buscaba ingresar a los ateneos en procura, además, de un mecenas. Los cronistas y poetas de su tiempo  lo rechazaban con insultos. Hoy podría ser creíble  que el sardónico Quevedo le hubiese clavado un aforismo cruel:  los mancos recaudan más, porque roban solo la mitad.

Por huir de esa lastimante rutina, Cervantes pidió ser nombrado Corregidor de la Ciudad de Nuestra Señora de la Paz, fundada en el Nuevo Mundo 39 años antes. Su postulación empero fue rechazada en 1587  porque no tenía antecedentes nobiliarios. Alcurnia, pues. Y así era, Cervantes no había ni  acabado la escuela y los fisgones de currículos, alcahuetes del reino en todo tiempo  y lugar, le vedaron esa pretensión, privándonos también de haber tenido aquí como autoridad edil paceña nada menos que a ese genio.

Fue Cervantes un Quijote en la España sanchopancesca. En las horas previas a su deceso un monje le avis´ço que unos editores de Alemania y Holanda habían publicado (pirateado)  su libro del Quijote y los estabnan enviando a América. Ni un centavo de derechos de autor. Jamás ningún reconocimiento de la España que, desde hace 400 años, se perfuma la boca con el nombre del gran escvritor y lo exhibe como una de sus glorias creativa e intelectuales más renombradas. Murió don Miguel en situación de abandono y miseria. Su mortaja fúnebre fue la  sotana rotosa de un franciscano. Nunca se supo dónde quedaron sus restos.

Estaba en prisión, cuando Cervantes Saavedra compuso su enorme libro Aventuras del  ingenioso hidalgo  Don Quijote de La Mancha, novela polifónica  con todas las voces que hallaron acomodo en nuestra fabla; texto de gracia y tristeza, de realismo y fantasía, delirio y razón, verdad y mentiras. La vida, pues.

Esa gran novela me hizo  componer una décima testimonial que comparto:  La vez que leí el Quijote me provocó mucha risa, cierto, lo leí de prisa, pero qué gracia, qué dote del gran caballero al trote.  Lo leí de nuevo en coro y me ganó cierto azoro, me puse serio, muy serio. Hoy, lo digo sin misterio, leo Don Quijote y lloro.

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Clamor por la vuelta al mar

Con marzo nos viene el mar, bullente de historia, heroísmo civil y conciencia colectiva. Este mes será memorable por lo que vaya a decir la Corte Internacional de Justicia (CIJ), con sede en La Haya, sobre nuestro reclamo de encierro y bloqueo por Chile desde hace 139 años.

En Cochabamba nos hemos juntado tres compositores, un letrista y un promotor de arte y revolución para plasmar en un disco el clamor boliviano por la vuelta al mar, pero también para respaldar a nuestros coagentes en la CIJ. Marco Lavayén, Rolando Malpartida y Julio A. Mercado desplegaron su talento musical para arropar unas coplas mías. Trabajaron desde enero y estamos ya listos para grabar ese cancionero que tendrá las voces, instrumentos y coros de unos 50 artistas nuestros, los mejores.

Pero eso cuesta dinero. El periodista Gastón Núñez se puso al frente de la ardua campaña de recaudar fondos entre personalidades e instituciones oficiales y privadas del país, que aquilaten nuestra iniciativa artístico-ciudadana y estén dispuestas a invertir en el emprendimiento que hemos llamado Clamor por la vuelta al mar.

Es cierto que nadie tiene un presupuesto a priori para apoyar proyectos fortuitos y loables como éste, pero estamos encontrando autoridades con voluntad y fe, dispuestas a ayudarnos en los gastos de grabación, edición y difusión del producto sonoro. En ese CD afirmamos que en 1879 no hubo guerra, sino invasión, que no padecemos mediterraneidad, como Paraguay, sino un brutal bloqueo de La Moneda que, además, nos saquea desde el siglo pasado las aguas del manantial Silala y el río Lauca.

En mi caso, tengo historias de éxitos con los tres cantautores. Con Lavayén (Savia Sur) y Mercado (Canto popular, Aysana) hicimos dos cantatas para Cochabamba (2010 y 2012) y nueve cantos folklóricos. Con Rolando, exkjarka, compusimos tincus, kaluyos, morenadas, kantus y la célebre Cueca de dos siglos para la ciudad del valle.

Pronto, pues, apareceremos con los sonidos del mar y para el mar. En uno decimos: “La fe en la vida comienza cada día al despertar, cuando el boliviano reza: Padre nuestro Litoral”. En otro: “Hay tres verbos en Bolivia que conjugan con el mar, oraciones de la vida: reclamar, clamar, amar”. Un bailecito: “Cansados de la OEA, pintamos nuestra raya, nos fuimos a La Haya, a seguir la pelea”. Un huayño: “En Chile no hay libertad, si tiene y mantiene prisionero al mar”. Y un tincu: “La boliviana llegó a la playa y muy contenta quiso nadar, vino la ola, le dijo hola, sé bienvenida al viejo mar…”.

Serán 10 canciones o más, si a esa oleada reivindicativa se suman, como prometen, 10 cantantes tarijeñas, Las Mochas Copleras, que en tonadas con erke y caja corean, por ejemplo, “Voy a navegar de frente, si el mar me han devolver, porque es cosa diferente… navegar por internet”.

Van otras dos coplas de las 70 que tendrá el clamor: “Llantofagasta querida, te prometo no llorar, contigo no hay despedida si sé cómo retornar// Ay mare nostrum saudade de imposible realidad, sin ti nacemos sin madre, pero con identidad”.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

 04 de marzo de 2018

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Memorial de la Entrada

¿Qué pasa si el espíritu del pueblo se cansa del silencio y la rutina? Pasa que camina a la avenida, limpia la sangre de los atropellos y convoca ritualmente a sus ancestros, pasa que las penas pierden su orientación y mala vibra, pasa que se hace cóndor, toro, diablo y, en su ajayu feliz, al país bravo se le salen los sueños por la Entrada.

En cada fiesta ejercemos el duende, la máscara esencial, la practicada coreografía de la farsa: el Carnaval de Oruro, la Urkupiña, Señor del Gran Poder, el Carnaval de antaño del sucrense. la Entrada del Ch’utillo potosino, la Asunta de Llallagua y San Miguel de Uncía, el Carnaval de cambas con sus precas, la fiesta de Comadres en Tarija, el Chope fiesta, el último convite, Corso de corsos en la altiva Llajta, la Ck’oa ritual de los Martes de Ch`alla, la Entrada universitaria y todo-todo con comparsas masivas de ropas ostentosas, fechas a devoción del alter ego que heredamos del mito y de la historia.

Nos baila el Diablo, dios disperso en su propia inocencia, salta el Toba con el favor del aire y el Kullawa, tejedor milenario, al otro extremo del Pepino que ahuyenta la tristeza. Van los Ch’utas en contra del olvido con el Auki auki y sus eternidades, danzamos con el sol y con la nieve del Llamero tenaz y compulsivo… Somos bajo el disfraz el testimonio, el hálito del pueblo que no muere.

Encadenados vamos cuesta arriba con los Morenos y al revés de la brisa de los Suri sicuris con sus crestas de plumas de ñandú; en la reyerta multitud de Potolos libran Tincus de iumemorial rencor. Somos los Negritos que tundiquean junto a los Kusillos, somos la Waca waca que libera al toro de la barbarie (leche en lugar de sangre). Danza el sabio pueblo y con la Saya ensaya su jolgorio.

El Caporal es nuestro gran deseo de libertad, él diseña en la ñufla el porvenir, aunque los Doctorcitos den dos pasos atrás en son de burla. Ochenta bandas de sonoro bronce compiten con el tono de los sicus y el dulzor de las quenas en el viento. Todo es enigma en la avenida absorta y de tanto pensar en estas cosas me baila el pensamiento cuando pienso.

Somos la gente que hace crecer la fiesta con los amigos, compadres y vecinos. Somos el preste que arriesga lo que vale por su prestigio y nombre conocidos. Practicantes del ayni, mutua ofrenda, festividad común identitaria lo mismo en Occidente que en la vasta Amazonía de plaza llena, con los santos patronos de la selva y los ríos de gente alborozada.

Sea alabada la liturgia laica del Carnaval. Sea nombrado el genio ch’ucuta picoverde fosforito, quirquincho de arenal uru encendido, camba dichoso amparado en su banda, potoco legendario tabuquillo, docto chuquisaqueño karapanza, chapacu alzau a lo largo del erke, fecundo maipillapis del kochala… ¡Memorial de la Entrada boliviana con el ajayu flameando en la wipala!

* Publicado en La Razón de La Paz, Domingo 4 de febrero 2018.

Santa Veracruz Tolata…

El 20 enero de 1974,  cumpliendo instrucciones del FMI el gobierno del general Banzer decretó una elevación de precios para los artículos de primera necesidad; de inmediato  subieron los costos de otros productos, como los insumos agrícolas.  El 24 de enero, campesinos del Valle Alto bloquearon en protesta la vía Cochabamba-Santa Cruz, con focos en Quillacollo y Sacaba.  El 28, Banzer impuso el Estado de sitio y el  día 29, tanques de guerra del Tarapacá y tropas del CITE dispararon a la multitud en Tolata y Epizana. Murieron 16 agricultores (se dijo que fueron más),  43 quedaron heridos y 21, presos.

Con tamaña matanza se hizo añicos el Pacto militar-campesino que en 1966  impuso otro tirano, el dictador con botas Barrientos Ortuño, para reprimir la insurgencia obrera y popular contra la dictadura proimperialista. (más…)