Poesía

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Relato de un orgullo en hip hop

Nació de difícil parto, pero en amor concebida. No fue bien vista al nacer porque el agrio vecindario pretendía hacerse dueño de sus innatas  riquezas. Para que ella sea posible por encima de la envidia, unas diez generaciones rindieron su vida y sueños en duelos de sangre y fuego.

Nació con sol y con nieve, mar a sus pies y montañas, selva infinita, altiplano, un valle azul de verdoso y un lago cerca del cielo.

Del pututu de los vientos y los sonidos del Ande se valió el sabio destino para darle bienvenida con la floresta de un huayño. La música se hizo tierra.  A ella llegaron los indios, que eran su gran mayoría, y desbordaron su angustia y sus lágrimas de hombres tratados como las piedras.

Tres largos siglos estuvo tragando niebla y silencio, hasta que un hirviente mar de ansiedades la hizo cierta. Estremecida brotó para los riesgosos cauces de la libertad y la honra, con ayeres y mañanas, es decir plena de historia y repleta de futuro.

No hubo otro modo de hacerla sino con amor y furia, a tajo de espada y duelo con un dejo de ternura libertadora y solvencia de sus claros guerrilleros. Hubo que hacerla a urgencias  de la energía y el grito de quienes la imaginaron cierta de verdad y libre.

Un sábado 6 de agosto con campanas fue la fiesta y Bolívar en su orgullo la llamó hija predilecta.  Con la sangre de sus glorias, el oro de sus solares y el verde de la llanura  hizo su bella bandera al amparo de la otra, inmemorial, la whipala. Y  creció de fecha en fecha entre aciertos y avalanchas, polvareda de tumultos  y heroísmos de alborada. (más…)

chavenezuyela

Homenajes o menajes*

Los homenajes:

Décima viendo a la isla: “Que si Cuba no existiera, tendríamos que inventarla, para de por vida amarla; de seguro ella nos diera la Revolución que se espera. Este día celebremos el 26 que queremos como toma en resistencia del Moncada y su conciencia: Patria o muerte, venceremos”.

 

“Soneto en arte menor para Gian-Carla Tisera, soprano de voz señera en la ópera mayor  de París o Nueva York. Y, de pronto, quién la oyera, cantar Señora Chichera, un tincu en jazz de color. Artista de gran cultura, tono en tiple, tesitura que se arraiga en la bandera de la canción boliviana. Creativa, bella, ufana… Gracias, señora Tisera”.

Qué ganas de entonar, en Agosto: “De la patria el alto nombre/ en Los Andes y el mar consagremos/ y en los llanos y el valle juremos/morir antes que esclavos vivir”.

Décima de scherzo andino. “Nieve, escarcha y hielo duro sellan el invierno andino, bajo un cielo de azul fino en el Occidente puro, Potosí,  La Paz, Oruro. Cuando el frío se empecina y amanece con neblina, aunque suene a desvarío, para evitarse un resfrío, ¡el sol sale con chalina!” (más…)

corazon a pedazos

E pur, si muove

 

Emerjo de los abismos

y hablo desde la gradiente

de ser el sobreviviente

de cinco cateterismos,

tres stends con mecanismos,

a pecho franco operado

porto un tictac regulado

por una válvula… Hermano,

tal vez soy el boliviano

del corazón más tocado.

 

Coco Manto

(Cardiología, cama 545, Centro Médico, CDMX)

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La Paz, sin mística filial

No hay aquí un canto épico y popular que aluda a la fundación de la Ciudad de Nuestra Señora de La Paz, el 20 de octubre de 1548. Planeada para ser erigida en el sitio de Laja, los conquistadores optaron por fundarla en la alhaja de Chuquiago, la marka atravesada por un rio dizque de oro, el Choqueyapu, y amparada por un altivo ser nevado, el Illimani.

Con el acta fundacional le dieron a La Paz un escudo de armas balanceado con un texto conciliador, proclama y advertencia a los bandos en contra: “Los discordes en concordia, en paz y amor se juntaron…” y le impusieron una bandera bicolor irreconciliable,  guindo de sangre pesada y verde musgo tirando a pacay. Todo eso, hace 468 años. Alonso de Mendoza hincó  su espada en Churubamba iniciando la historia de la ciudad profunda y escarpada, pero de él no se guarda memoria.

Nada épico hay que yazga  en el cantar del pueblo  con el espíritu de los manes inmemoriales de La Paz: Huyustus, Thunupa, Khunu, Wari. Ninguna razón hay de los  aransayas y el fulgor de Tiawanacu ni de los urinsayas y los motivos del Titicaca. Ciudad del sollozo y gloria de la majestad aymara, con el estoicismo del liquen, la perenne solvencia de la kantuta y el pulso de las pankaras.

Y si nada hay tonal sobre su entelequia mitológica, ¿por qué tendría que nombrarse a los héroes de a pie que gloriaron a La Paz hasta el tope de tronar sus vidas en cruel final como el desmembramiento por caballos o la horca? ¿Qué de Túpac Katari, Bartolina Sisa, Pumakahua y los cholos y mestizos como Murillo, Jaén, Sagárnaga o Simona Manzaneda?

En el ya remoto 1969 escribí un airado reclamo contra el vate Eloy Salmón, autor del Himno a La Paz, por no haberse alumbrado para su texto con la Tea murillana, ni asistido de la valiente  proclama de los tuitivos, ese del “hasta aquí hemos soportado una especie de destierro en el seno mismo de nuestra patria…“ Salmón recargó su letra en el lugar común y la rima facilona. Su himno dice de todo sin decir nada, saludando de julio el gran día.

No, pues. Sin un canto toral a su creación natal, sin una alegoría que nombre y apellide a sus protomártires y hasta con un tango Illimani que para nada menta a la mítica montaña, los paceños derivan por su historia con la parsimonia encantada del teleférico (¡epopeya del deslumbramiento  en vivo y directo sobre la oct-urbe paceña!

Desde ahorita doy razón y derecho a los ch’ucutas que quieran discrepar con este artículo. Soy un advenedizo, un fuereño, cierto, pero postulo la presencia del ajayu en toda creación humana. Como las musas para los griegos y el espíritu santo para los cristianos, el ajayu andino tiene que orlar la poesía, que es gratitud y reconocimiento.

Y antes de dejar esta miercolanza quincenal que me tolera el periódico La Razón, deseo encargar a  paceños de la estirpe de René Fernández Revollo o Roberto Cuevas Ramírez, el destino de una estrofa que compuse para ser empotrada, vía la autoridad cultural de la Alcaldía, en el sitio ad hoc que se determine: En la Camacho:   “Detén tu paso aquí, en la avenida,/ mira de frente al fondo, ese nevado, /el Illimani, ángel desvelado/ por la ciudad que le debe la vida.”

 

Miercolesmente/ JORGE MANSILLA TORRES