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El delito de ser periodista, una historia digna de ser conocida

En  octubre de 1978, publiqué en Lima un libro titulado El delito de ser periodista,  una compilación de algunas de las fechorías —fechas, fichas y fachas— de la dictadura de Hugo Banzer Suárez (1971-78) contra la libertad de prensa y la libre expresión de ideas y opiniones.

Es un libro en cuaderno, de 29 centímetros de alto por 20,5 de ancho, de 88 páginas sin nombre de autor ni pie de imprenta. Su justificación para que así sea y su veracidad testimonial y cronológica se precisan en el texto de la contratapa.

Se editaron 500 ejemplares creey 450 de ellos fueron traídos a Bolivia clandestinamente mediante viajeros de confianza  que quisieron asumir tamaños riesgos, uno de los cuales fue Washington Estellanos, el “Pipo”, que tenía un alias cree político, Walter Estévez, y otros compañeros, literales chasquis  para ese trabajo ad hoc. Los libros así metidos al país se entregaron (obsequiaron) a organizaciones de la resistencia antibancerista  y a activistas políticos y sindicales capaces de no preguntar de parte de quién.

Se tituló El delito de ser periodista por un careo entre gente de prensa y jefes militares en una provincia de Cochabamba,  el 30 de enero de 1974, luego de la Masacre de Tolata, Epizana y Carcaje, en que muriueron al menos noventa ciudadanos bolivianos. El Ejército del gobierno fascista de Hugo Banzer Suárez había disparado contra campesinos y labradores  el valle que reclamaban airadamente  por el  acrecentamiento del maltrato  policiaco contra ellos, por  la injusticia en los mercados citadinos y por el elevado costo de vida.

Las autoridades de Cochabamba habían bloqueado el paso a periodistas y corresponsales ávidos de saber detalles de aquellos crímenes y ocurrió este diálogo en un puesto militar.

Periodistas.- -¿Por qué no podemos entrar a la zona del conflicto? ¿Acaso es un delito?

Mayor Cordero.- Sí, señores. Ahora es un delito ser periodista. Y ustedes no pasarán.

Ya serán 40 años de la aparición de ese “libro colorado “, como se lo llamó entonces, donde, entre otras cosas, están los nombres y países de residencias de 68 periodistas bolivianos desterrados, izquierdistas por la revolución, la mayoría sin partido, ninguno trotskista.

Emilio.  Gonzalo. Marcelo

Nunca hubo en Bolivia un gremio con tantos exiliados. Jamás. Allí se nombra a otros 32 comunicadores perseguidos, detenidos, torturados o asesinados, como fue  el locutor de radio y redactor  Emilio Mendiola Galarza,  a quien acusaron de estar ligado a los comunistas, lo corretearon una noche en las calles de Cochabamba  y el agente Orlando Gutiérrez Arce  le disparó a quemarropa. Ese asesino no guardó una hora de detención ni fue juzgado por tribunal alguno. Cuando unos colegas lo impugnaron, respondió tranquilamente: “Las órdenes de arriba se cumplen nomás, pues”.

En el libro se enlistan los casos de 20 radioemisoras sindicales asaltadas y/o destruidas por tropas militares. Y también se narra fugazmente el caso del locutor Gonzalo Otero, detenido en septiembre de 1971, a un mes del golpe militar del 21 de agosto perpetrado por Banzer, FSB y el MNR.  Otero Mercado fue uno de los radialistas que permaneció en Radio Illimani durante todo ese día  para convocar a la población a la resistencia callejera.

Detenido, lo llevaron a un separo militar y antes de enviarlo a la prisión de Chonchocoro fue torturado personalmente por el coronel Andrés Sélich, asistido por el agente Jorge Balvián, el “Coquito”, según testimonios de la época. Los activistas de la organización Paz y Justicia y las gestiones de sus familiares lo arrancaron de la terrible prisión. Otero salió al exilio, lo vi un ratito en Lima, rumbo a Caracas, donde acabó de morir en un hospital unos meses después. El entrañable Chalo.

Hay también en el libro 42 titulares de periódicos sobre masacres, censuras y clausura de medios. En cinco capítulos se describen métodos de control, manipulación de noticias y atornillamientos del silencio. En la página 2  escribí un aforismo: “La censura es la libertad encarcelada; la autocensura es la cárcel de la libertad”.

En 1979, al agarrar el país un poquito de luz democrática  y con  la resistencia popular arremetiendo contra la tiranía aún gobernante, el diputado  socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz agitó el libro como bandera y fusil en el Congreso para enjuiciar a Banzer por sus atrocidades.

Aquellas sesiones son memorables por la lucidez y valentía de nuestro amado líder, también periodista. Como se sabe, Marcelo fue enviado a la cárcel, insultado por la prensa derechista y  los partidos reaccionarios, hasta que en el golpe de los “luises”  (García Meza y Arce Gómez)  en 1980,  lo secuestraron, asesinaron y desaparecieron.  .

Dagnino, Luque, Gregorio

Más de 30 años después, en 2012, pude decirlo. Gran parte de4l material cronológico y gráficos de la época  me fue entregado en Lima por Diego Laneuville, un ex sacerdote oblato, amigo, a severa condición de que no le pida decirme quién me lo enviaba. A cambio de esa reserva  exigió también que si esos textos se publicaban, no debería ponerse nombres de los autores ni ninguna  otra referencia de ley.

Ambos cumplimos esos juramentos. El libro se publicó con esas condicionantes. El impresor fue el peruano Julio Dagnino, de Editorial Arte Reda, compañero que conocimos en Bolivia, en la época de la guerrilla del Che y que vive actualmente  en Lima. El gráfico de la portada (dos manos encadenadas a una máquina de escribir) es del artista José “Pepe”  Luque, desterrado entonces, como yo, en la capital peruana y que ahora reside en el Ecuador.

En 2010 leí en internet la bibliografía autoral del oblato Gregorio Iriarte y ahí estaba consignado como aportación suya El delito de ser periodista. ¿Así que era él quién me mandó el valioso material de denuncia?  ¡Uff!, ese día me libré de la reserva pactada con Laneuville.

El padre Gregorio murió en octubre de 2012, pero los miserables asesinos, peones de la Doctrina de Seguridad Nacional y del Plan Cóndor se pasearon por el vasto territorio de la impunidad por muchos años. Siguen así, aunque sin poder contar ni presumir públicamente sus atrocidades.  Ahí están, muchos de ellos ochentones, pero arrinconados en la vergüenza por su propia conciencia. Eso creo.

 

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