El Ekeko y Don Quijote en La Paz

Cap. XIV:  Donde se narra el encuentro vis a vis de Ekeko con Don Quijote y Sancho Panza en el enigmático Valle de las Ánimas.

Sentado en unas k’urpas  estaba el Ekeko  en el Valle de las Ánimas cuando vio aparecer por la bruma de esas míticas cumbres a dos  figuras raras, una alta y otra chata. Pasada la neblina notó que eran un caballo y un asno con sus respectivos montantes. El del équido tenía en la mano una lanza y el del pollino tenía mal aspecto.

Se interesó el Ekeko en la extraña escena y, al pasar los personajes por su enfrente, oyó al grandote decir:

-Os pedí, Sancho, que no merendemos sino en sitios de acogida. Aguantad, pues, el hambre como buen hijodalgo que sois.

En eso, Sancho vio al Ekeko y pegó de voces diciendo: ¡Señor, señor, mirad este espécimen andino!

Don Quijote achinó la mirada y en su rostro se pintó una inesperada sonrisa: -¡Vive Dios! -dijo el caballero-, ¿no seréis vos por ventura el afamado Ekeko?

El ídolo aymara dio un paso atrás, poniéndose en guardia, y farfullando: ¿Quién te ha hablado mal de mí? ¿De qué me han denunciado ahura?

Don Quijote desmontó  con parsimonia recitando: ¡Pardiez, qué decís!  Es un honor dar contigo, diocesillo de la abundancia y la buena ventura en estos altos lares.

El Ekeko se puso más inquieto  y agresivo ante semejante zalamería:  ¿Entonces, quién te ha hablado bien de mí? Ya no hay en quién confiar entre esa gente caraja. Todo lo chismean.

Paciente y prudente, Don Quijote puso su manota en el hombrito del Ekeko y  recitó:

-Os ruego no volver chisme lo que voy a contaros, ilustre señor. Llegué a estas altas tierras de Dios, que los españoles mentan del Diablo, para otear gente y  conocer suelo de La Paz. Así supe de tu prestigio de dador de la abundancia.  Vine, señor,  porque deseo ser nombrado Corregidor de esta alta villa y así presentaré mi pedido a Su Majestad.

-¿Y qué te han dicho las Juntas Vecinales? –inquirió de sopetón el Ekeko -. No creo que te acepten por dos  simples razones: la primera y la segunda.

El caballero de la Chiste Figura se mordió los labios y rascándose la cabeza musitó: Llegar en bien a la gente será mi único premio a cambio de mi entrega y gran parte de ese logro será alcanzarles la bonanza y holgura que con tu ayuda podré brindar a la paceñidad…

-¡Se va a caer! ¡Se va a caer! –interrumpió el diosecillo aymara.

-¡Oh, maese Ekeko!-clamó Don Quijote con un dejo de bronca-. ¡No me echéis la sal en la herida aún no abierta!

-¡Se va a caer! ¡Lastt´aj, diciendo se va a caer!-, gritó el Ekeko señalando a Sancho que se tambaleaba arriba de su jumento-. Más para sí, el idolillo de las Alasitas  opinó: Tal vez el sorojchi ya le está dando.

Corrió Don Quijote a sostener el cuerpo de su escudero, lo puso de pie en el piso y murmuró: Es por hambre, mi fiel servidor ya debe comer algo y pronto.

-¿Así que vas a venir de corregidor? –disparó el Ekeko.

Se dio modos Don Quijote  para abrazar al diminuto personaje sagrado y esparció un discurso muy ensayado acerca de su plan de llegar a La Paz en el año de 1590 como autoridad colonial.

-Y voy a ocurrir a vuesa ayuda, maese Ekeko, para aprovisionar alimentos e recursos de labranza como aire de convivencia, apagando así, con genio e  contento,  la chispa levantisca de la grey laica paceña  que,  ya sé, es muy respondona y bloqueadora.

Sancho Panza, que a falta de comida se tragó la retahíla de su señor, levantó el dedito democráticamente, pidiendo la palabra y dijo: Os quiero preguntar, admirabilísimo señor, ¿qué cosas deglutís aquí y dónde? En nosa larga venida por el vericueto novomundista non  vide fonda alguna ni posada ninguna para apaciguar el revoltijo de tripas que ta traigo por las salivas de antojo…

-¿Qué coméis, pues? –redondeó el Quijote.

-No comemos, nos alimentamos –dijo Ekeko-. Le cascamos cereales, tubérculos, frutas; hay quínua, papa, oca, camote, olluco, maíz, agua, haba, hierbas… y esta hojita que es alimento y medicina, la coca.

-¡Carne! ¡Qué carnes tenéis a flor de apetito!- gritó el glotón Sancho de la panza revuelta.

Con ayuda de su Illa –alter ego, musa, les dio a comer el Ekeko unos panes de Laja y un habas-pejtu diciéndoles que el aymaraje no comía  carne alguna de animal con ojos y que,  para estar sano y saludable,  hay que respetar el horario laboral de los órganos digestivos sin ataucarles comidas…  y que como ya no queda espacio en esta página voy a pedirles que esperen la publicación de mi próximo libro sobre este novedoso asunto de la única llegada a La Paz de Don Quijote y Sancho Panza, guiados in illo tempore por los manes tiwanacotas Thunupa, Huyustus, Kari y otras deidades, como el mans Illa, o sea yo.

  • Publicado en La Razón, edición de Alasitas, el 24 de enero de 2019

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


1 + = 10