Uncía natal. Plaza Alonso de Ibáñez. En esa ciudad,  el Colegio "Rafaél Bustillo", epicentro de la toma de conciencia social.

La otra sangre, la misma

Gente boliviana hay que sin haber tenido protagonismos en la historia popular son referencia confiable por su palabra  testimoniada  en  tono ecuánime. Traigo memoria de ellos en el fragor del estaño en el norte  de Potosí, de donde soy oriundo. Esos ciudadanos, siempre  llanos,  derivaron su vida sin el triunfalismo politiquero ni el fatalismo proletarizado. Uno se llama Cándido, ser reservado, sereno y valiente en los eventos críticos o trágicos de la vida minera. Testigo y víctima de la violencia armada y el improperio republicano contra la clase trabajadora, Cándido se blindó  contra los extremismos que mezclan razón y desvaríos.


Aprendió a sobrellevar el sufrimiento en su niñez, cuando su padre decidió marcharse a la Guerra del Chaco en 1933,  siendo que por su edad, 32 años, y cargo de presidente municipal  de Uncía, estaba exentado de ese deber. Don Leopoldo, el alcalde, dijo ante su pueblo:  “Recluté y convencí  a 82  jóvenes para ir a defender la patria, los vi irse cantando y yo no quiero quedarme en mi casa y en mi cargo”. Y se fue. Sus hijos, Cándido de 4 años y Hugo de dos, huérfanos de madre, se quedaron al cuidado de su tía Rosa Hurtado.


El munícipe retornó en 1936 y con el aplomo del excombatiente se integró a la lucha por el petróleo y el estaño. En su solar provincial sufrió empero derrotas más lacerantes  que los de la contienda contra Paraguay. En 1939, la oleogarquía -sic que alude a los capangas capitalistas del petróleo-  mató de un pistoletazo en la sien al presidente Busch, episodio que la  prensa  cipaya dijo suicidio. En 1946 el super Estado minero coludido con la izquierda pirista colgó de un farol al presidente Villarroel acusándolo de nazi.


El joven Cándido creció en el estoicismo, que es la ecuanimidad frente a la desgracia, al aquilatar la entereza de su padre en la Guerra Civil contra la Rosca en 1947 y cuando lo vio zafarse del fusilamiento de patriotas  en la plazoleta de Llallagua, en agosto de 1949, al comienzo de la Guerra Fría imperialista. La revolución popular triunfó en 1952,  pero los nacionalistas la ahogaron en corrupción y entreguismo. Don Leopoldo no pudo asimilar esa estúpida derrota y murió en 1956.


Templado en esas fraguas, Cándido, hombre sin malicia ni doblez como define el diccionario, abandonó su pasión por la joyería del oro y la plata, cerró su taller y se hizo obrero del estaño para cubrir la vida de sus siete hermanos menores, hijos de Carmen, esposa de Leopoldo.  Trabajó en los desbastes (block caving), la trituración de la piedra mineral (sink and float) y en las oficinas de tabulación y contabilidad de la empresa Catavi. Allí supo que el precio de una libra fina de estaño era cien veces mayor que el valor neto de la vida de un minero.


Nunca neutral, vio con cauta amargura la salida al exilio político de sus tres hermanos menores opuestos al golpe militar de los nacionalistas y fascistas  en 1971. Trabajó y trabajó por sus demás familiares hasta que, casi cincuentón, conoció a la mujer de su vida, Elia, con la que procreó dos hijos. Patriarca de la discreción, su casa solariega  se corresponde con el espíritu fraternal de otros como él, digamos Mario Lazo de la Vega, José Camacho, Jaime Estrada, Emilio Fernández, Andrés Silva y todos quienes, en Cochabamba, testimonian  sin estridencia el fragoroso tiempo de cuando el estaño era el sueldo de Bolivia, como ahora es el gas y mañana será el litio. Aquel don Leopoldo fue mi padre y Cándido, hoy de 87 años, es mi hermano, mi irrepetible pathermano.

Miércolesmente/JORGE MANSILLA TORRES

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