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Romance de Amayapampa*

21 coplas en el nombre del oro y sus perversiones

(En diciembre de 1996, hace 21 años, hubo una matanza
de pobladores originarios en Amayapampa, allí donde comienza
el Norte de Potosí, por la posesión del oro. Reproduzco lo que escribí
en esos días para que la memoria histórica boliviana siga fresca y en guardia)

A los juglares nos toca contar historias reales con palabras remendadas
y versos artificiales. Tengo un nudo en la garganta siempre que nombro el destino de las riquezas mineras en el norte potosino.

Este es el primer romance de otra matanza que ha sido contra la gente más pobre sobre el suelo enriquecido. Lugar: Ayllu Chayantaka. Fecha: Día 22. Diciembre 96. Testigos: la piedra y Dios.

Charanguito bien punteado para avisar que aquí cerca, en Kapacirca y Amaya, la gente se ha puesto terca.

Desde hace 500 años es dueña de un yacimiento áureo, privatizado
recién por el Movimiento. Entonces una ordenanza fue enviada al general que se puso firme y dijo: ¡es su orden, mi capital!

Y desplegaron soldados de La Paz, de Potosí, de Oruro, como a la guerra. No me contaron, lo vi. Antes de la Nochebuena Reyes Magos del azoro quemaron incienso y mirra en el pesebre del oro.

Charanguito zapateado; La plata, el oro, el estaño, nunca fueron de Bolivia, siempre de un poder extraño.

Detrás de Aymaya y Chayanta, como si fuera una rampa, el ejército tendió la muerte como una trampa. A los que escupieron fuego ni se les movió la cara, en Kapasirca mataron como si nada importara.

La muerte bailó su tincu como en el 65, como en San Juan, en Tolata, igual y un poco distinto. Si quieren más referencias del sangriento sucedido, por la Radio Pío Doce la historia no se ha perdido.

Charango kalampeadito, airampo de color fino, vivir es morir al tiro en el norte potosino.

No sé si les gustará que siga con esta historia, pero en Bolivia la vida
es olvido y es memoria. Anteayer fue por la plata, ayer fue por el estaño
esta tarde por el oro… ¡Ay país del desengaño!

De Aymayapampa hacia arriba están Panakachi y Kari, territorios del suplicio de los hermanos Katari. Y aquí no les voy a hablar de Llallagua y Siglo Veinte, de sus cien años de sangre no faltará quién les cuente.

Charanguito en temple diablo, siempre hemos sabido cómo los entreveros del oro se solucionan con plomo.

Murieron 26 gentes, ejecutadas ahí mismo por las armas de la patria y el neoliberalismo. Generales, coroneles y toda la patriotada sintetizada en un nombre: Goni Sánchez de Lozada.

Paisano, aquí pongo fin a este testimonio fiel, vieja historia de Caín que sigue matando a Abel.

*Texto publicado en el diario La Razón de La Paz, el miércoles 27 de diciembre de 2017

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Somos porque nos acordamos*

Despertamos al día y somos de nuevo palabra y acción, gracias a que nos acordamos. Si no fuera por el recuerdo no asumiríamos la responsabilidad de la vida ni la conciencia de mantenernos vivos, con dignidad y sentido de futuro, criterios que no tienen las plantas ni los animales.

Somos, por la memoria. Estamos solo por los recuerdos que tenemos y mantenemos vigentes. Porque nos acordamos asumimos la palabra. Somos los únicos seres terrestres que buscamos entendernos afirmados en el recuerdo y en los alcances y cuidados de la palabra.

En esa evidencia tiene sentido hablar de la resurrección. Nos renacemos a cada rato. Parece una paradoja, pero resucitamos cada día sin haber muerto en la víspera, porque la memoria nos envuelve en su manto de pervivencia. Seguimos siendo en testimonio porque estamos siendo testimoniales. El recuerdo nos hace ser trashumantes, que metafóricamente es la gente que va detrás del humo de su memoria histórica. Trashumante es el que en su horizonte ve la llama que emana del fuego de sus ideales o experiencia.

El recuerdo incita a volver, incluso para olvidar. Y, así, la trashumancia es punto de partida y meta final también para los que emigran. Nadie que tenga necesidad de irse de lo que bien ama será presa del olvido y menos de la infausta resignación de morir lejos, si tiene la evidencia de que debe la vida a quienes lo concibieron con amor y fue dotado de sentido de patria y pertenencia.

Trashumantes somos los bolivianos que en la lejanía añoramos, hasta el incontenible nivel de la lágrima, el humo de la cocina de nuestras madres;trashumante es quien avizora el humo que emana del fogón de sus recuerdos, llama que a mayor distancia se hace más alta y gruesa porque la recarga con sus propias melancolías. La distancia no es ausencia.

El que regresa vuelve para habitar los espacios que le conservaron los recuerdos. Y es cosa de ocupar esos lugares con lo único propio y valedero que acumuló en el tiempo: la palabra.

Enmendamos o corregimos falencias e ingratitudes causadas en otro tiempo con la palabra manifestada en aires de perdón o de sincera disculpa. Lo hacemos porque queremos volver a estar de acuerdo, incluso con los que no estamos de acuerdo, que de eso se trata la vida
sobre la tierra.

La palabra sostiene la esperanza del que vuelve con la misma convicción con que en otro tiempo le mantuvo la discrepancia. La palabra bien manejada nos conduce en la tolerancia y la prudencia, sin falta de sinceridad.

Por eso asumimos a diario el trance de coexistir sin riesgos de muerte ni pompas de milagro. Estamos hechos de palabras. Somos la palabra, “la gloria de la lengua” que dijo el Dante. Si decae la palabra se degrada la condición humana.

Únicamente nosotros podemos mantener flameando las banderas del lenguaje en el viento del diálogo. La palabra es la mayor conquista del ser humano. Nunca y nadie más alcanzó la victoria, arte y proeza de hablar para comunicarse, para darse a entender o desbaratar lo que se le muestra como misterio o dogma. Y echamos mano de la buena voluntad o la inteligencia convivencial gracias a que nos acordamos, recordamos, con la herramienta de la palabra.

He de ofrecer disculpas (no pedirlas) a los lectores de esta columna quincenal en el diario La Razón por el improvisado hilván de estas acepciones, que tal vez orillan con lo tautológico, porque también deseo que amparen (no que expliquen) mi retorno definitivo al país, donde ya estoy desde hace dieciocho días.

Y es aquí, en mi patria, donde quiero acabar de vivir armado de la palabra, en el parapeto de los recuerdos y munido del suficiente parque de memoria histórica. Gracias.

* Publicado en La Razón de La Paz, Bolivia, el miércoles 13 de diciembre de 2017

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De sequías y otras sequedades

Ahora que en gran parte del sur boliviano, Sucre en especial, se cierne la sequía como una maldición anual insalvable, procede remarcar la obra de unos constructores de tanques de almacenamiento de agua de lluvia, cisternas de 12.000 litros de capacidad cada una, propicias para “cosechar” el líquido vital; es decir, procesar su purificación con filtros elementales en favor de la salud y provecho de los pueblos. Me tocó ver hace poco en el sur de Potosí al menos 500 de esos tanques construidos por la empresa Don Goyo, a la vera de las casas de vecinos en Toro Toro, Tacobamba, Betanzos, Ravelo, Chuquiuta y otros poblados. Enaltece escuchar los testimonios de los beneficiarios: “tengo 75 años de edad y desde mis ocho iba hasta dos veces al río, caminando 15 minutos, para traer el agua en estos dos baldecitos. Ahora el agua está aquí, en mi puerta. Mi vida ha cambiado, pues…”, y otras declaraciones con ese tenor.

En estos dos últimos años se han construido más de 1.400 tanques en aquella región del deprimido sur potosino, pero pienso que otras 100 regiones bolivianas (en Yungas, el Chaco, Tarija y todo el oriente) están esperando ese apoyo concreto a la vida, esa tamaña obra para corresponder al respeto que se le debe a la gente en sus demandas de dignidad y justicia. Decía Marx que el trabajador merece más respeto que pan o salario. Ha de ser reconfortante y ciertamente revolucionario que se construyan esos tanques de agua (cisternas) en escuelas y colegios, en parques, ciertas placitas o caminos de tránsito popular. Digo. Que el Gobierno siga alentando ese modo de liberar a la gente necesitada, agraviada por la pobreza secular y el abandono social de lo que fue la llamada república, pinche Estado aparente, ya superada con la plurinacionalidad.

Escribí todo lo anterior para ligarlo al recuerdo de una proeza cultural que hace 33 años logramos en México unos bolivianos solidarios con miles de pobladores del norte potosino afectados por una sequía de casi cuatro años. No llovió por más de 1.000 días y la vida se hizo pedazos en Uncía, Chayanta, Macha, Pocoata, Colquechaca y otras 10 regiones. Los pobladores emprendieron el éxodo por millares, cargando niños, abuelos y frustraciones.

Fue cuando seis universitarios bolivianos que, sin dejar de lograr una profesión, aceptaron mi propuesta de grabar un disco, una cantata que reflote el drama de los indios norpotosinos. El disco Sequía (Grupo Calicanto y Coco Manto) se grabó en Pentagrama luego de siete meses de traumáticos ensayos y broncas económicas. Los jóvenes músicos coronaron sus estudios y hoy son el médico Jaime Ortiz; los economistas José María Pantoja, Fidel Carlos Flores y Pablo Guzmán; y los ingenieros Dámaso Rivero y Cenobio Quino. Honor a ellos, sus voces, charangos, ronrocos, bombos, sicuris, guitarras, quenas, etc. Y en los coros, compatriotas como Quica Ortiz, Martha Beatriz, Mariel del Carmen y Pablo Ernesto. Dos mexicanos solidarios, músicos de alto nivel, orlaron esa producción: el tecladista Federico Luna y la chelista Henriqueta Aragón. Yo leí mis textos poéticos alusivos a esa tragedia social que desgraciadamente se repite en nuestro país.

Ese elepé (LP), hoy perdido en la memoria, sirvió para catapultar al Grupo Calicanto, que fue invitado al 12º Festival Cervantino de Guanajuato, aparte de unas 20 presentaciones en universidades, casas de cultura y teatros en todo el país. La temática de Sequía daba para plantear la solidaridad y replantear la vida junto a los más pobres.

“En las esquinas del hombre se abrirán nuevos caminos, la gratitud de la lengua y de los primeros himnos dará la historia sonora a los pentagramas indios. Solo nosotros te digo ya no podremos ser otros. En aquel tiempo tan nuevo tendremos que hablar muy poco porque fuimos destinados a ser voz de lo remoto. Iremos pisando leve sobre las cosas sencillas, celosos de nuestros muertos, porque así fue nuestra vida. La cicatriz, amor mío, se acuerda bien de la herida”.

 

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Un 15 de noviembre, hace 38 años

Como un cardiópata en la ciénaga del infarto o una ciudad temerosa de  los manotazos de un sismo, así vivió Bolivia todo el siglo pasado, al borde de matanzas militares y/o golpes de Estado. Amanecíamos los bolivianos pendientes del humor con que despertaban los generales o coroneles con mando, psicópatas que flotaban en la efes de su fuerza por la fama y fortuna fortuitas en su favor.

El coronel Alberto Natusch Busch fue uno de esos.  Su golpe de Todos Santos ocurrió el 1 de noviembre de 1979 y duró dos semanas, hasta el día 15 de noviembre, de hace 38 años,  fecha en que renunció y huyó por la puerta trasera de su cobardía, acosado por una sólida huelga general y la rechifla pública. Sus secuaces escaparon también historia atrás y hacia abajo.

Todos ellos se blindaron contra la justicia pero no sacaron sus nombres de la memoria histórica. El libro testimonial “La masacre de Todos Santos”, editado por la Asamblea de Derechos Humanos, los menciona uno por uno: Arturo Doria Medina, comandante del regimiento Tarapacá que ametralló a multitudes en las calles, Jaime Niño de Guzmán, jefe de la aviación que bombardeó sobre plazas y mercados atestados de gente. Edén Castillo, Armando Reyes Villa, Carlos Mena (“torturador profesional”, dice el escrito) Oscar Larraín, Mario Oxa, Luis García Meza, Humberto Cayoja, Faustino Rico Toro  y otros diez. (más…)

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Tt’anta wawas y calaveras

Íbamos en Todos Santos por las calles con unas bolsas de tela para ganarnos el pan rezando en los altarcitos de ofrenda a los difuntos que volvían al pueblo. “Alabado sal señor sacramiento del altar…” cantábamos luego de la estrofa voceada por nuestro corero; los deudos nos pagaban con dos o tres tt’anta wawas (panecillos) por nuca.

En Llallagua y Siglo XX había hasta 4 altares por cuadra, en memoria de los fallecidos ese año, o sea unas 500 mesas de ofrenda. Por eso, las t’ojpas (pandillas) de niños no competíamos, ya que había panes santos para todos.

Las coplas de los alabados eran de burla a la muerte y muy pícaras las que se cantaban en quéchua. Al galope del recuerdo recopilé en los años noventa varias de ellas y las publiqué en Wipalabra, mi columna opinante en el diario Presencia que dirigía Ana María Campero (que ambos descansen en paz).

Sirva el introito para abordar las “calacas” mexicanas que se publican en estas fechas; son textos de epitafios y/o lápidas satíricas con alusiones directas a políticos, artistas y toda gente famosa que se supone estará muerta por hoy y mañana, y a la que se le dirá todo cuanto no se pudo en vida. Ejemplo:

Aquí yace Peña Nieto

al que apodaban Estulto,

no lo enterraron de feto

y hoy lo padecen de adulto. (más…)

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El delito de ser periodista, una historia digna de ser conocida

En  octubre de 1978, publiqué en Lima un libro titulado El delito de ser periodista,  una compilación de algunas de las fechorías —fechas, fichas y fachas— de la dictadura de Hugo Banzer Suárez (1971-78) contra la libertad de prensa y la libre expresión de ideas y opiniones.

Es un libro en cuaderno, de 29 centímetros de alto por 20,5 de ancho, de 88 páginas sin nombre de autor ni pie de imprenta. Su justificación para que así sea y su veracidad testimonial y cronológica se precisan en el texto de la contratapa.

Se editaron 500 ejemplares creey 450 de ellos fueron traídos a Bolivia clandestinamente mediante viajeros de confianza  que quisieron asumir tamaños riesgos, uno de los cuales fue Washington Estellanos, el “Pipo”, que tenía un alias cree político, Walter Estévez, y otros compañeros, literales chasquis  para ese trabajo ad hoc. Los libros así metidos al país se entregaron (obsequiaron) a organizaciones de la resistencia antibancerista  y a activistas políticos y sindicales capaces de no preguntar de parte de quién. (más…)

Fotografía 1. tomada por Ramiro Escobar.
Fotografía 2 y 3, tomadas por Isacc Mamani

Illimanifiesto

 

Rollo tuitivo con 20 acepciones illimanezcas  en homenaje a la illimagnífica

Ciudad de La Paz  que celebra otro año de su fundación.

 

1.-    Illimanieve:  altar mayor de la albura andina.

2.-    Illimanifestante:  el discorde en concordia con la libertad.

3.-    Illimanía:  fanática de que la vean de donde sea y a cualquier hora.

4.-    Illimaniatado: parece un puño con la muñeca amarrada bajo tierra.

5.-    Illimanija:  manubrio para el control rotatorio del teleférico.

6.-    Illimaniobra:  eje de los ardides para esquivar los trances de la vida.

7.-    Illimaniquí:  modelo para pintores de sombrero de 3 picos o barco de 3 velas.

8.-    Illimanirroto: incitador del dispendio para orlar fiestas  del Gran Poder.

9.-    Illimanivela:  palanca de amores y pareceres en las laderas.

10.-  Illimanivea: depósito de la cremita con que se hermosean las ch’utas.

11.-  Illimaní y mandarinas en  familia,  los domingos por la tarde.

12.-  Illimaniqueo: rector del criterio urbano dual para el bien o el mal.

13.-  Illimanicomio:  asilo de locos mejor conocido como Ciudad Maravilla.

14.-  Illimanicuro: pulidor de manos y afilador de uñas

15.-  Illimanito:  expresión de la efusión mexicana  con abrazo incluido.

16.-  Illimanierismo:  faro de la afectación vecinal pequeñoburguesa.

17.-  Illimaniluvio: baño de manos de honorables cívicos Pilatos.

18.-  Illimanilla:  guardián de los grilletes matrimoniales.

19.-  Illimanido:  tema sobado de cuecas, poesías y tangos.

20.-  Illimanipulador:  lider alaraco que maneja ideas y gente en su beneficio.

 

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Siles, siempre

Aclamado siempre por su pueblo, Hernán Siles Zuazo nunca perdió una elección, pero fue siempre abatido por sus compañeros de ruta, no por sus enemigos. Construía arduos consensos con sus  aliados y estos lo empujaban gradas abajo, siempre. Hablo de sus contertulios ideológicos Paz Estenssoro, Lechín Oquendo, Guevara Arze, Barrientos, Paz Zamora…

Nacionalista de izquierda, católico, conciliador, Siles supo como nadie que en política hay que tragar sapos sin hacer gestos, y los tragó todos.  Sus mandatos presidenciales se quebraron  siempre por vilipendios y socarronerías de sus huestes que lo votaban en julio y botaban en agosto.

En su primera presidencia (1956-60) no tuvo un día de tregua porque los movimientistas no quisieron pagar sus fallas y raterías hechas del 52 al 56, que Don Hernán pretendió remediar con un programa de estabilización monetaria; el Plan Triangular fue ideado por el BID e implicaba actos contra derechos laborales y ciertos  logros de la Revolución Nacional.

Un día de 1957 ocurrió un hecho inopinado. El presidente Siles se declaró en huelga de hambre en amarga protesta contra el boicot que le aplicaban sus aliados de la Central Obrera Boliviana con Lechín al frente.  Ese mismo Lechín que en el segundo mandato  (1982-1985) le vació en la cara 31 huelgas obreras en 5 meses, además de bloqueos, clausuras, paros y demás variedades con el cuarto intermedio incluido que estila la COB. Había que ver al fogoso trotskista Filipo Escobar soltando improperios contra Siles Zuazo, igual que, nueve años después, lo haría contra el pobre general Torres.

Al doctor Siles le tocó torear en los años de la UDP la inflación más grande de que haya memoria en el país: 27 mil por ciento. La negra herencia de 18 años de dictaduras, primeras tentativas neoliberales, rencor lechinista y rabia de la empresa privada porque Bolivia había retomado la ruta democrática.

Enviado por el diario mexicano Excélsior, lo entrevisté en La Paz a comienzos de 1985. Comentamos que en 1981 inventé un aforismo que puse en su boca: “Más vale solo que MIR acompañado”; él recordó sonriendo aquel temprano dicho y con la confianza que nos teníamos me dijo que los clásicos llamaban zahorí a los adivinadores que en Bolivia apodan q’enchas. Poeta-profeta, me definí.

Ese año de 1985, los miristas empujaron a Hernán Siles a “acortar” su mandato e irse del país; Jaime Paz pasó sobre él para ser el presidente y no tuvo empacho en recibir el apoyo de Banzer. A Lechín, el bancerismo lo aureoló con el Cóndor de los Andes…

Yo admiraba siempre a Don Hernán y él me tenía afecto. En 1976 se alojó en mi casa, en Lima, y porque quería estar clandestino nos exigió guardar reserva,  ya que su plan era reingresar a Bolivia para apurar la caída del dictador Banzer.  Así pasó, en efecto. Excepto los periodistas Pepe Luque y Daniel Rodríguez, mis compañeros en el diario peruano Expreso, nadie más se enteró de que durante cinco días, en un departamento del barrio de San Isidro, estaba oculto un hombre sabio y patriota que cada medianoche salía a caminar por la playa del mar, distante unas siete cuadras, “para estirar las piernas y airear los arneses de la rebeldía”.

Siles Zuazo murió en 1996 en Montevideo, en el autoexilio que se impuso después del sopapo que le dieron sus aliados socialdemócratas, los mismos que con otros políticos deoposición, amnésicos y cínicos, lo exhibieron la semana pasada como el líder paradigmático en un “festejo” por el retorno a la democracia, hace 35 años, en aquella  Bolivia que el pensador Zavaleta Mercado llamaba la “república aparente”.

+Artículo en La Razón de La Paz, Bolivia,  18 de octubre de 2017.

Columna editorial “Miércolesmente/ JORGE MANSILLA TORRES”

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Primeras letras del ‘abeCHEdario’

No puede haber sosiego. Comandante,..
si este mundo se funda en la injusticia,
que caiga el mundo y que otro se levante.

 

Cuando mataron al Che en La Higuera, se inició para la izquierda otro angustioso tiempo de zozobra y repliegue. Bajo estado de sitio y toque de queda hubo que andar los días de puntitas, pendientes de los tiras y buzos, máxime si un capanga subalterno, digamos el Silico, me achacó el cargo de ser “enlace urbano” de la guerrilla y azuzaba por mi captura; la misma gente de esa catadura que años después me endilgó una babosada de ataque suicida titulada Loto rojo Tachai.

Sirvió la poesía como refugio y arma, palabra artillada y en parapeto para seguir creyendo en la lucha. Desde aquel aciago año 67 advinieron sucesos de difícil olvido, entre ellos la muerte fortuita del tirano que apodamos el Arque-tipo, el ascenso de Ovando, la expulsión de la Gulf Oil, el Inti acribillado en La Paz, la hombrada guerrillera que alumbró Teoponte, el arribo de Torres al Gobierno y sus logros de inesperada audacia, la Asamblea Popular y el sanguinario golpe del fascismo y la embajada yanqui.

La poesía, digo, como bandera ondeante ante el viento del miedo. En agosto del año 69 escribí tres sonetos asonánticos al despuntar la aurora de la gloria del Che. Fueron los primeros cantos en Bolivia y los llamé Testimonios públicos; 48 años después los hallo vigentes.

1) Ya no se puede, Che, vivir sin dar contigo en las cosas más tristes o más bellas, anda tu nombre escrito en prisiones y escuelas como una imprecación y una esperanza. / Suena tu nombre, Che, como campana amiga, truena tu nombre, Che, como seco balazo, según lo digan los que siegan la espiga o lo denuesten, Che, tus-nuestros enemigos. / Tú viste, comandante, el humo ciego de mi pueblo profundo deambulando entre nubes de ira y decidiste el fuego. / Que queden sin arena los desiertos, como no nos dan paz mientras vivimos, que no nos pidan tregua ni aun de muertos.

2) Tú pusiste la paz en pie de guerra para que no la vendan ni la ultrajen; desde entonces la paz va con nosotros repartiendo consignas con tu imagen. / Eres consigna previa necesaria, el “pido la palabra” claro y franco, cuando hay la discusión al rojo vivo, cuando por unidad se vota en blanco./ Por ti dije a mi tiempo que yo escojo el camino de polvo por el que andan los de poncho, overol o guardatojo. / No puede haber sosiego, comandante: si este mundo se funda en la injusticia, que caiga el mundo y que otro se levante.

3) De ti viene, Guevara, este desvelo poblado de secretos movimientos, de panes que se comen boca al suelo para que el pueblo se mantenga enhiesto. / Es tuyo, comandante, el escarceo del miedo natural ante el peligro —sístole y diástole clandestinos (si estoy libre me escondo, si me siguen, paseo)—. / Tuya es también, Ernesto, la guitarra que puntea nuestros cantos de esperanza y acompaña el insomnio que desgarra. / Tuya será la fiesta cuando luego muera el imperialismo que te odia, porque aquí se te quiere a sangre y fuego.

Después, en el exilio desde el 71, compuse incontables sonetos, epigramas, cantos y aforismos para el Che, homenajes a su ejemplo y memoria con total prescindencia del cargo de conciencia o justificación de los comunistas bolivianos de la época por haberlo dejado solo, al igual que muy distante de los trotskistas que desdeñaban al Che, con Lora y Filipo al frente, por ser un “foquista alejado para su desgracia de la alianza obrero-campesina…”.

El Che, firme hoy, apuntando victorias revolucionarias con armas de futuro.

MIÉRCOLESMENTE/ JORGE MANSILLA TORRES

* Artículo publicado por La Razón, La Paz, 4 de octubre de 2017