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Memorial de la Entrada

¿Qué pasa si el espíritu del pueblo se cansa del silencio y la rutina? Pasa que camina a la avenida, limpia la sangre de los atropellos y convoca ritualmente a sus ancestros, pasa que las penas pierden su orientación y mala vibra, pasa que se hace cóndor, toro, diablo y, en su ajayu feliz, al país bravo se le salen los sueños por la Entrada.

En cada fiesta ejercemos el duende, la máscara esencial, la practicada coreografía de la farsa: el Carnaval de Oruro, la Urkupiña, Señor del Gran Poder, el Carnaval de antaño del sucrense. la Entrada del Ch’utillo potosino, la Asunta de Llallagua y San Miguel de Uncía, el Carnaval de cambas con sus precas, la fiesta de Comadres en Tarija, el Chope fiesta, el último convite, Corso de corsos en la altiva Llajta, la Ck’oa ritual de los Martes de Ch`alla, la Entrada universitaria y todo-todo con comparsas masivas de ropas ostentosas, fechas a devoción del alter ego que heredamos del mito y de la historia.

Nos baila el Diablo, dios disperso en su propia inocencia, salta el Toba con el favor del aire y el Kullawa, tejedor milenario, al otro extremo del Pepino que ahuyenta la tristeza. Van los Ch’utas en contra del olvido con el Auki auki y sus eternidades, danzamos con el sol y con la nieve del Llamero tenaz y compulsivo… Somos bajo el disfraz el testimonio, el hálito del pueblo que no muere.

Encadenados vamos cuesta arriba con los Morenos y al revés de la brisa de los Suri sicuris con sus crestas de plumas de ñandú; en la reyerta multitud de Potolos libran Tincus de iumemorial rencor. Somos los Negritos que tundiquean junto a los Kusillos, somos la Waca waca que libera al toro de la barbarie (leche en lugar de sangre). Danza el sabio pueblo y con la Saya ensaya su jolgorio.

El Caporal es nuestro gran deseo de libertad, él diseña en la ñufla el porvenir, aunque los Doctorcitos den dos pasos atrás en son de burla. Ochenta bandas de sonoro bronce compiten con el tono de los sicus y el dulzor de las quenas en el viento. Todo es enigma en la avenida absorta y de tanto pensar en estas cosas me baila el pensamiento cuando pienso.

Somos la gente que hace crecer la fiesta con los amigos, compadres y vecinos. Somos el preste que arriesga lo que vale por su prestigio y nombre conocidos. Practicantes del ayni, mutua ofrenda, festividad común identitaria lo mismo en Occidente que en la vasta Amazonía de plaza llena, con los santos patronos de la selva y los ríos de gente alborozada.

Sea alabada la liturgia laica del Carnaval. Sea nombrado el genio ch’ucuta picoverde fosforito, quirquincho de arenal uru encendido, camba dichoso amparado en su banda, potoco legendario tabuquillo, docto chuquisaqueño karapanza, chapacu alzau a lo largo del erke, fecundo maipillapis del kochala… ¡Memorial de la Entrada boliviana con el ajayu flameando en la wipala!

* Publicado en La Razón de La Paz, Domingo 4 de febrero 2018.

Santa Veracruz Tolata…

El 20 enero de 1974,  cumpliendo instrucciones del FMI el gobierno del general Banzer decretó una elevación de precios para los artículos de primera necesidad; de inmediato  subieron los costos de otros productos, como los insumos agrícolas.  El 24 de enero, campesinos del Valle Alto bloquearon en protesta la vía Cochabamba-Santa Cruz, con focos en Quillacollo y Sacaba.  El 28, Banzer impuso el Estado de sitio y el  día 29, tanques de guerra del Tarapacá y tropas del CITE dispararon a la multitud en Tolata y Epizana. Murieron 16 agricultores (se dijo que fueron más),  43 quedaron heridos y 21, presos.

Con tamaña matanza se hizo añicos el Pacto militar-campesino que en 1966  impuso otro tirano, el dictador con botas Barrientos Ortuño, para reprimir la insurgencia obrera y popular contra la dictadura proimperialista. (más…)

La Parca anda de mandil blanco

Desde hoy y en ciertas veces durante este año, mientras tenga el uso de La Razón, esta columna que escribo Miércolesmente  será  de tres partes  a saber: un cuento, un lote de aforismos y un comentario.

Mier.- En el programa radiofónico Olla de Grillos que yo producía hace 50 años,  conté una vez  que un profe de secundaria pidió a dos de sus alumnos  ir a  la Cámara de Diputados y escribir  una crónica de lo que vieron y oyeron. Los chicos fueron al Congreso y se dieron con que la barra estaba atestada de público  y no había dónde sentarse. Entonces, el menor de los terebotes se encaramó en los hombros del otro para saber qué pasaba en el hemiciclo y halló a los congresistas en una esgrima verbal: ¡Cállese, pasa-pasa! ¡Movis rateros! ¡Traficante! ¡Lambebotas! ¡Rosquero! ¡Agente de la CIA! ¡Maleante…! y otras  gentilezas. Ahora se tratan de bolas, amarrahuatos, separatista, bestias de la mala práxides, llunkus, etcéperra.

Vuelvo al cuentito: Cansado por el sobrepeso, el niño de abajo preguntó: ¿Qué pasa? ¿Ya empezó la sesión?,  y el  de arriba le dijo: Todavía no, hermano, recién están pasando la lista de asistentes. (más…)

Romance de Amayapampa*

21 coplas en el nombre del oro y sus perversiones

(En diciembre de 1996, hace 21 años, hubo una matanza
de pobladores originarios en Amayapampa, allí donde comienza
el Norte de Potosí, por la posesión del oro. Reproduzco lo que escribí
en esos días para que la memoria histórica boliviana siga fresca y en guardia)

A los juglares nos toca contar historias reales con palabras remendadas
y versos artificiales. Tengo un nudo en la garganta siempre que nombro el destino de las riquezas mineras en el norte potosino.

Este es el primer romance de otra matanza que ha sido contra la gente más pobre sobre el suelo enriquecido. Lugar: Ayllu Chayantaka. Fecha: Día 22. Diciembre 96. Testigos: la piedra y Dios.

Charanguito bien punteado para avisar que aquí cerca, en Kapacirca y Amaya, la gente se ha puesto terca.

Desde hace 500 años es dueña de un yacimiento áureo, privatizado
recién por el Movimiento. Entonces una ordenanza fue enviada al general que se puso firme y dijo: ¡es su orden, mi capital!

Y desplegaron soldados de La Paz, de Potosí, de Oruro, como a la guerra. No me contaron, lo vi. Antes de la Nochebuena Reyes Magos del azoro quemaron incienso y mirra en el pesebre del oro.

Charanguito zapateado; La plata, el oro, el estaño, nunca fueron de Bolivia, siempre de un poder extraño.

Detrás de Aymaya y Chayanta, como si fuera una rampa, el ejército tendió la muerte como una trampa. A los que escupieron fuego ni se les movió la cara, en Kapasirca mataron como si nada importara.

La muerte bailó su tincu como en el 65, como en San Juan, en Tolata, igual y un poco distinto. Si quieren más referencias del sangriento sucedido, por la Radio Pío Doce la historia no se ha perdido.

Charango kalampeadito, airampo de color fino, vivir es morir al tiro en el norte potosino.

No sé si les gustará que siga con esta historia, pero en Bolivia la vida
es olvido y es memoria. Anteayer fue por la plata, ayer fue por el estaño
esta tarde por el oro… ¡Ay país del desengaño!

De Aymayapampa hacia arriba están Panakachi y Kari, territorios del suplicio de los hermanos Katari. Y aquí no les voy a hablar de Llallagua y Siglo Veinte, de sus cien años de sangre no faltará quién les cuente.

Charanguito en temple diablo, siempre hemos sabido cómo los entreveros del oro se solucionan con plomo.

Murieron 26 gentes, ejecutadas ahí mismo por las armas de la patria y el neoliberalismo. Generales, coroneles y toda la patriotada sintetizada en un nombre: Goni Sánchez de Lozada.

Paisano, aquí pongo fin a este testimonio fiel, vieja historia de Caín que sigue matando a Abel.

*Texto publicado en el diario La Razón de La Paz, el miércoles 27 de diciembre de 2017

Somos porque nos acordamos*

Despertamos al día y somos de nuevo palabra y acción, gracias a que nos acordamos. Si no fuera por el recuerdo no asumiríamos la responsabilidad de la vida ni la conciencia de mantenernos vivos, con dignidad y sentido de futuro, criterios que no tienen las plantas ni los animales.

Somos, por la memoria. Estamos solo por los recuerdos que tenemos y mantenemos vigentes. Porque nos acordamos asumimos la palabra. Somos los únicos seres terrestres que buscamos entendernos afirmados en el recuerdo y en los alcances y cuidados de la palabra.

En esa evidencia tiene sentido hablar de la resurrección. Nos renacemos a cada rato. Parece una paradoja, pero resucitamos cada día sin haber muerto en la víspera, porque la memoria nos envuelve en su manto de pervivencia. Seguimos siendo en testimonio porque estamos siendo testimoniales. El recuerdo nos hace ser trashumantes, que metafóricamente es la gente que va detrás del humo de su memoria histórica. Trashumante es el que en su horizonte ve la llama que emana del fuego de sus ideales o experiencia.

El recuerdo incita a volver, incluso para olvidar. Y, así, la trashumancia es punto de partida y meta final también para los que emigran. Nadie que tenga necesidad de irse de lo que bien ama será presa del olvido y menos de la infausta resignación de morir lejos, si tiene la evidencia de que debe la vida a quienes lo concibieron con amor y fue dotado de sentido de patria y pertenencia.

Trashumantes somos los bolivianos que en la lejanía añoramos, hasta el incontenible nivel de la lágrima, el humo de la cocina de nuestras madres;trashumante es quien avizora el humo que emana del fogón de sus recuerdos, llama que a mayor distancia se hace más alta y gruesa porque la recarga con sus propias melancolías. La distancia no es ausencia.

El que regresa vuelve para habitar los espacios que le conservaron los recuerdos. Y es cosa de ocupar esos lugares con lo único propio y valedero que acumuló en el tiempo: la palabra.

Enmendamos o corregimos falencias e ingratitudes causadas en otro tiempo con la palabra manifestada en aires de perdón o de sincera disculpa. Lo hacemos porque queremos volver a estar de acuerdo, incluso con los que no estamos de acuerdo, que de eso se trata la vida
sobre la tierra.

La palabra sostiene la esperanza del que vuelve con la misma convicción con que en otro tiempo le mantuvo la discrepancia. La palabra bien manejada nos conduce en la tolerancia y la prudencia, sin falta de sinceridad.

Por eso asumimos a diario el trance de coexistir sin riesgos de muerte ni pompas de milagro. Estamos hechos de palabras. Somos la palabra, “la gloria de la lengua” que dijo el Dante. Si decae la palabra se degrada la condición humana.

Únicamente nosotros podemos mantener flameando las banderas del lenguaje en el viento del diálogo. La palabra es la mayor conquista del ser humano. Nunca y nadie más alcanzó la victoria, arte y proeza de hablar para comunicarse, para darse a entender o desbaratar lo que se le muestra como misterio o dogma. Y echamos mano de la buena voluntad o la inteligencia convivencial gracias a que nos acordamos, recordamos, con la herramienta de la palabra.

He de ofrecer disculpas (no pedirlas) a los lectores de esta columna quincenal en el diario La Razón por el improvisado hilván de estas acepciones, que tal vez orillan con lo tautológico, porque también deseo que amparen (no que expliquen) mi retorno definitivo al país, donde ya estoy desde hace dieciocho días.

Y es aquí, en mi patria, donde quiero acabar de vivir armado de la palabra, en el parapeto de los recuerdos y munido del suficiente parque de memoria histórica. Gracias.

* Publicado en La Razón de La Paz, Bolivia, el miércoles 13 de diciembre de 2017

De sequías y otras sequedades

Ahora que en gran parte del sur boliviano, Sucre en especial, se cierne la sequía como una maldición anual insalvable, procede remarcar la obra de unos constructores de tanques de almacenamiento de agua de lluvia, cisternas de 12.000 litros de capacidad cada una, propicias para “cosechar” el líquido vital; es decir, procesar su purificación con filtros elementales en favor de la salud y provecho de los pueblos. Me tocó ver hace poco en el sur de Potosí al menos 500 de esos tanques construidos por la empresa Don Goyo, a la vera de las casas de vecinos en Toro Toro, Tacobamba, Betanzos, Ravelo, Chuquiuta y otros poblados. Enaltece escuchar los testimonios de los beneficiarios: “tengo 75 años de edad y desde mis ocho iba hasta dos veces al río, caminando 15 minutos, para traer el agua en estos dos baldecitos. Ahora el agua está aquí, en mi puerta. Mi vida ha cambiado, pues…”, y otras declaraciones con ese tenor.

En estos dos últimos años se han construido más de 1.400 tanques en aquella región del deprimido sur potosino, pero pienso que otras 100 regiones bolivianas (en Yungas, el Chaco, Tarija y todo el oriente) están esperando ese apoyo concreto a la vida, esa tamaña obra para corresponder al respeto que se le debe a la gente en sus demandas de dignidad y justicia. Decía Marx que el trabajador merece más respeto que pan o salario. Ha de ser reconfortante y ciertamente revolucionario que se construyan esos tanques de agua (cisternas) en escuelas y colegios, en parques, ciertas placitas o caminos de tránsito popular. Digo. Que el Gobierno siga alentando ese modo de liberar a la gente necesitada, agraviada por la pobreza secular y el abandono social de lo que fue la llamada república, pinche Estado aparente, ya superada con la plurinacionalidad.

Escribí todo lo anterior para ligarlo al recuerdo de una proeza cultural que hace 33 años logramos en México unos bolivianos solidarios con miles de pobladores del norte potosino afectados por una sequía de casi cuatro años. No llovió por más de 1.000 días y la vida se hizo pedazos en Uncía, Chayanta, Macha, Pocoata, Colquechaca y otras 10 regiones. Los pobladores emprendieron el éxodo por millares, cargando niños, abuelos y frustraciones.

Fue cuando seis universitarios bolivianos que, sin dejar de lograr una profesión, aceptaron mi propuesta de grabar un disco, una cantata que reflote el drama de los indios norpotosinos. El disco Sequía (Grupo Calicanto y Coco Manto) se grabó en Pentagrama luego de siete meses de traumáticos ensayos y broncas económicas. Los jóvenes músicos coronaron sus estudios y hoy son el médico Jaime Ortiz; los economistas José María Pantoja, Fidel Carlos Flores y Pablo Guzmán; y los ingenieros Dámaso Rivero y Cenobio Quino. Honor a ellos, sus voces, charangos, ronrocos, bombos, sicuris, guitarras, quenas, etc. Y en los coros, compatriotas como Quica Ortiz, Martha Beatriz, Mariel del Carmen y Pablo Ernesto. Dos mexicanos solidarios, músicos de alto nivel, orlaron esa producción: el tecladista Federico Luna y la chelista Henriqueta Aragón. Yo leí mis textos poéticos alusivos a esa tragedia social que desgraciadamente se repite en nuestro país.

Ese elepé (LP), hoy perdido en la memoria, sirvió para catapultar al Grupo Calicanto, que fue invitado al 12º Festival Cervantino de Guanajuato, aparte de unas 20 presentaciones en universidades, casas de cultura y teatros en todo el país. La temática de Sequía daba para plantear la solidaridad y replantear la vida junto a los más pobres.

“En las esquinas del hombre se abrirán nuevos caminos, la gratitud de la lengua y de los primeros himnos dará la historia sonora a los pentagramas indios. Solo nosotros te digo ya no podremos ser otros. En aquel tiempo tan nuevo tendremos que hablar muy poco porque fuimos destinados a ser voz de lo remoto. Iremos pisando leve sobre las cosas sencillas, celosos de nuestros muertos, porque así fue nuestra vida. La cicatriz, amor mío, se acuerda bien de la herida”.

 

Un 15 de noviembre, hace 38 años

Como un cardiópata en la ciénaga del infarto o una ciudad temerosa de  los manotazos de un sismo, así vivió Bolivia todo el siglo pasado, al borde de matanzas militares y/o golpes de Estado. Amanecíamos los bolivianos pendientes del humor con que despertaban los generales o coroneles con mando, psicópatas que flotaban en la efes de su fuerza por la fama y fortuna fortuitas en su favor.

El coronel Alberto Natusch Busch fue uno de esos.  Su golpe de Todos Santos ocurrió el 1 de noviembre de 1979 y duró dos semanas, hasta el día 15 de noviembre, de hace 38 años,  fecha en que renunció y huyó por la puerta trasera de su cobardía, acosado por una sólida huelga general y la rechifla pública. Sus secuaces escaparon también historia atrás y hacia abajo.

Todos ellos se blindaron contra la justicia pero no sacaron sus nombres de la memoria histórica. El libro testimonial “La masacre de Todos Santos”, editado por la Asamblea de Derechos Humanos, los menciona uno por uno: Arturo Doria Medina, comandante del regimiento Tarapacá que ametralló a multitudes en las calles, Jaime Niño de Guzmán, jefe de la aviación que bombardeó sobre plazas y mercados atestados de gente. Edén Castillo, Armando Reyes Villa, Carlos Mena (“torturador profesional”, dice el escrito) Oscar Larraín, Mario Oxa, Luis García Meza, Humberto Cayoja, Faustino Rico Toro  y otros diez. (más…)

Tt’anta wawas y calaveras

Íbamos en Todos Santos por las calles con unas bolsas de tela para ganarnos el pan rezando en los altarcitos de ofrenda a los difuntos que volvían al pueblo. “Alabado sal señor sacramiento del altar…” cantábamos luego de la estrofa voceada por nuestro corero; los deudos nos pagaban con dos o tres tt’anta wawas (panecillos) por nuca.

En Llallagua y Siglo XX había hasta 4 altares por cuadra, en memoria de los fallecidos ese año, o sea unas 500 mesas de ofrenda. Por eso, las t’ojpas (pandillas) de niños no competíamos, ya que había panes santos para todos.

Las coplas de los alabados eran de burla a la muerte y muy pícaras las que se cantaban en quéchua. Al galope del recuerdo recopilé en los años noventa varias de ellas y las publiqué en Wipalabra, mi columna opinante en el diario Presencia que dirigía Ana María Campero (que ambos descansen en paz).

Sirva el introito para abordar las “calacas” mexicanas que se publican en estas fechas; son textos de epitafios y/o lápidas satíricas con alusiones directas a políticos, artistas y toda gente famosa que se supone estará muerta por hoy y mañana, y a la que se le dirá todo cuanto no se pudo en vida. Ejemplo:

Aquí yace Peña Nieto

al que apodaban Estulto,

no lo enterraron de feto

y hoy lo padecen de adulto. (más…)