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Rius y Bolivia

En febrero de 1972, el gran caricaturista Rius, fallecido en México hace unos días, dedicó una edición de su revista semanal Los Agachados a Bolivia con motivo del golpe fascista del general Hugo Banzer contra el gobierno de Juan José Torres, en agosto del año anterior.

Esa publicación fue trabajada, a sugerencia del propio Eduardo del Río, por el caricaturista Clovis Díaz y con mis textos, ambos dos exiliados en México. El dibujante era en Bolivia un monero de diarios y revistas y yo cargaba famita de humorista por mis escritos periodísticos y por un programa radiofónico de sátira política, Olla de Grillos (1965-71).

En los días finales de enero de ese año 72, Clovis y yo entregamos a Rius en Cuernavaca, donde él residía, una carpeta con 20 páginas tamaño media cartulina y cada una con 10 o 12 cuadritos descriptivos de la siniestra asonada contra el pueblo boliviano. Banzer había asestado, por orden del imperialismo, el primero de una cadena de golpes fascistas diseñados por la Doctrina de la Seguridad Nacional, que en 1973 abatió sangrientamente al gobierno socialista de Allende en Chile y luego a los regímenes revolucionarios de Argentina y Uruguay.

Aquella publicación de Los Agachados,  “hecha al alimón por Coco Manto y Clovis Díaz”, como se escribió en la lista de créditos, exhibía un titular a todo lo ancho de la portada y un gráfico impactante: un monigote militar cabalgando (¡arre, arre!) sobre  los hombros del principal monolito de Tiawanacu. El genial Rius le puso un toque de dramatismo a ese cuadro al dibujar dos lagrimones chorreando por la cara del inmemorial monumento pétreo.

En las 32 páginas interiores iba nuestra historia coloreada. En los globos de los cuadritos estaban mis textos de amargo humor, ensayo sarcástico con un mal disimulado encono de dos sobrevivientes del golpe aplicado al indeciso Torres por militares, clero reaccionario, movimientistas, falangistas, delincuentes comunes y, como se comprobó después, paramilitares argentinos y brasileños, y hasta marines norteamericanos, ex combatientes del Vietnam. llegados al país como turistas.

Esa edición de Los Agachados, con un tiraje certificado de 250 mil ejemplares, se vendió en dos días, sin generar empero reacción alguna, ni en pro ni en contra de Bolivia. Para los mexicanos de ese entonces  nuestro país estaba en una galaxia remota. Tampoco había ningún grado de politización o solidaridad, como, por ejemplo, ocurre hoy venturosamente con Venezuela y su suerte a tiro de los dislates de Trump y de la jauría desatada por la derecha e “izquierda” continental contra Maduro y la gesta bolivariana.

Eduardo del Río, además, traía en ese tiempo un conflicto judicial, según nos dijo, con los que le usurparon su primera revista, Los Supermachos; “me la quitaron con todo y mis personajes Calzonzin, Chon Prieto y los otros a los que ahora les hacen decir lo que el gobierno quiere” (sic).

Después de aquella experiencia con Los Agachados, el buen Rius y nosotros nos alejamos por años, llevados por otras urgencias. En marzo de ese mismo año  me fui al Perú y allí estuve hasta 1978 laborando en el diario Expreso de Lima. Retorné a Bolivia con la amnistía arrancada a la dictadura de Banzer por cuatro mujeres de mi pueblo natal, Llallagua-SigloXX, , pero el golpe fascista delincuencial de García Meza me sacó de nuevo del país en 1981 y salí desterrado nuevamente a México.

En 1982 entré a laborar en el diario Excélsior, donde estuve hasta el año 2005. En ese importante diario fui reportero, redactor, editor y autor de epigramas y aforismos por 25 años. Durante ese lapso topé con Rius en dos o tres ocasiones; encuentros intrascendentes rubricados por su típico “ainos” (ahí nos vemos) y chau.

A finales de los años 90, propuse a Erbol de La Paz una entrevista a Rius sobre su vida y obra didáctico-revolucionaria en nuestro continente. Erbol era ´por entonces una trinchera contra los gobiernos del neoliberalismo, los socialdemócratas y los privatizadores de Bolivia. Los directivos de la agencia, el periodista Freddy Morales y el economista Ronald Grebe, me autorizaron el trabajo que, hoy lo confieso, me costó hacerlo por la incomprensible reticencia de Eduardo del Río conmigo. El caricaturista accedió al fin y me envió por télex unos gráficos y un par de contestaciones escuetas. El reportaje tan trabajosamente logrado se publicó a página llena en el suplemento cultural del diario Presencia de La Paz. No tengo la fecha de esa edición, pero para eso están las hemerotecas.

El corresponsal de Excélsior en Cuernavaca le llevó la publicación a Rius y me contó después que el entrevistado vio la página, esbozó un mohín sonriente y murmuró un “dile a Coco que ta bonito y cha gracias”.

Un día supe la causa de las reservas de Rius conmigo. Aunque ante amigos comunes dizque celebraba algunos de mis epigramas editoriales (publiqué más de diez mil) no le gustaba que yo estuviera trabajando en Excélsior al mando de Regino Díaz Redondo, un personaje que se enemistó a muerte con Julio Scherer García, el hombre símbolo (hasta hoy) del periodismo rebelde y antisistémico, y al que el presidente de la República, Luis Echeverría, había hecho sacar en 1976 de la dirección del gran diario, llamado siempre “el periódico de la vida nacional”, y que este año cumplió cien años de vida.

Pero, caray, yo había ingresado a Excélsior en 1982, seis años después de aquellas broncas. Nunca pude decirle nada de esto al gran Rius que, como será obvio colegir, era parte solidaria con Scherer y los afectados por ese episodio que dividió a los periodistas.

En fin, hay historias que marcan vidas y definen destinos para bien… o para también.

Jorge Mansilla Torres, Coco Manto

Ciudad de México, 12 de agosto, 2017

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