siles zuazo

Siles, siempre

Aclamado siempre por su pueblo, Hernán Siles Zuazo nunca perdió una elección, pero fue siempre abatido por sus compañeros de ruta, no por sus enemigos. Construía arduos consensos con sus  aliados y estos lo empujaban gradas abajo, siempre. Hablo de sus contertulios ideológicos Paz Estenssoro, Lechín Oquendo, Guevara Arze, Barrientos, Paz Zamora…

Nacionalista de izquierda, católico, conciliador, Siles supo como nadie que en política hay que tragar sapos sin hacer gestos, y los tragó todos.  Sus mandatos presidenciales se quebraron  siempre por vilipendios y socarronerías de sus huestes que lo votaban en julio y botaban en agosto.

En su primera presidencia (1956-60) no tuvo un día de tregua porque los movimientistas no quisieron pagar sus fallas y raterías hechas del 52 al 56, que Don Hernán pretendió remediar con un programa de estabilización monetaria; el Plan Triangular fue ideado por el BID e implicaba actos contra derechos laborales y ciertos  logros de la Revolución Nacional.

Un día de 1957 ocurrió un hecho inopinado. El presidente Siles se declaró en huelga de hambre en amarga protesta contra el boicot que le aplicaban sus aliados de la Central Obrera Boliviana con Lechín al frente.  Ese mismo Lechín que en el segundo mandato  (1982-1985) le vació en la cara 31 huelgas obreras en 5 meses, además de bloqueos, clausuras, paros y demás variedades con el cuarto intermedio incluido que estila la COB. Había que ver al fogoso trotskista Filipo Escobar soltando improperios contra Siles Zuazo, igual que, nueve años después, lo haría contra el pobre general Torres.

Al doctor Siles le tocó torear en los años de la UDP la inflación más grande de que haya memoria en el país: 27 mil por ciento. La negra herencia de 18 años de dictaduras, primeras tentativas neoliberales, rencor lechinista y rabia de la empresa privada porque Bolivia había retomado la ruta democrática.

Enviado por el diario mexicano Excélsior, lo entrevisté en La Paz a comienzos de 1985. Comentamos que en 1981 inventé un aforismo que puse en su boca: “Más vale solo que MIR acompañado”; él recordó sonriendo aquel temprano dicho y con la confianza que nos teníamos me dijo que los clásicos llamaban zahorí a los adivinadores que en Bolivia apodan q’enchas. Poeta-profeta, me definí.

Ese año de 1985, los miristas empujaron a Hernán Siles a “acortar” su mandato e irse del país; Jaime Paz pasó sobre él para ser el presidente y no tuvo empacho en recibir el apoyo de Banzer. A Lechín, el bancerismo lo aureoló con el Cóndor de los Andes…

Yo admiraba siempre a Don Hernán y él me tenía afecto. En 1976 se alojó en mi casa, en Lima, y porque quería estar clandestino nos exigió guardar reserva,  ya que su plan era reingresar a Bolivia para apurar la caída del dictador Banzer.  Así pasó, en efecto. Excepto los periodistas Pepe Luque y Daniel Rodríguez, mis compañeros en el diario peruano Expreso, nadie más se enteró de que durante cinco días, en un departamento del barrio de San Isidro, estaba oculto un hombre sabio y patriota que cada medianoche salía a caminar por la playa del mar, distante unas siete cuadras, “para estirar las piernas y airear los arneses de la rebeldía”.

Siles Zuazo murió en 1996 en Montevideo, en el autoexilio que se impuso después del sopapo que le dieron sus aliados socialdemócratas, los mismos que con otros políticos deoposición, amnésicos y cínicos, lo exhibieron la semana pasada como el líder paradigmático en un “festejo” por el retorno a la democracia, hace 35 años, en aquella  Bolivia que el pensador Zavaleta Mercado llamaba la “república aparente”.

+Artículo en La Razón de La Paz, Bolivia,  18 de octubre de 2017.

Columna editorial “Miércolesmente/ JORGE MANSILLA TORRES”

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